Si días pasados articulé en este mismo medio de comunicación sobre la escritora salmantina Carmen Martín Gaite, al cumplirse cien años de su nacimiento, en este año que discurre se cumplen también una centena de años de la venida al mundo del gran escritor vasco José Ignacio de Aldecoa Isasi, nacido en Vitoria el 24 de julio de 1925. Enamorado del mar, aficionado a los toros y al boxeo, fumador empedernido, murió de paro cardiaco en Madrid a los 44 años de edad en plena madurez creadora mientras escribía ‘Año de crisálida’, un ensayo sobre el cambio personal e histórico de su generación, que le serviría de epitafio: «Hemos vivido inmensos en unos años de crisálida». Su prematura muerte no le permitió acabar de escribir tres trilogías: una dedicada a la gente de mar, otra al trabajo en la mina y una tercera mixtificando el mundo de los Guardias Civiles, los gitanos y los toreros.
Aldecoa coincidió con su compañera de generación, la salmantina Carmen Martín Gaite, por los años cuarenta del pasado siglo compartiendo estudios en la Universidad de Salamanca. A pesar de que le tiraba más la vida de tuno que la de las aulas, aprobó los primeros años de estudios comunes. En 1945 se trasladó a Madrid para completar la carrera universitaria, matriculándose en la especialidad de Historia de América. En la capital de España compartiría tertulia, entre otros lugares, en los cafés Gijón y Lion, donde entablaría relación con escritores de la llamada «generación de los 50».
El conjunto de su obra narrativa (algunas de sus obras fueron adaptadas al cine y televisión con guiones firmados por él mismo o por otros autores) sigue la corriente neorrealista iniciada en España en la década de 1950, abundando en la visión literaria de los desfavorecidos y desamparados. Aldecoa adaptó el riguroso realismo anglosajón a la literatura española, de forma que sus cuentos poseen el sabor de una experiencia realmente sentida y vivida, gracias a sus agudas dotes de observador y su gran contenido humano. Casi siempre escoge a gente humilde o de bajos fondos cuya acción cotidiana expone con ternura: borrachos, prostitutas, mendigos, traperos enriquecidos, aprovechados o víctimas de la sociedad; y en el plano de los oficios humildes, entre otros: fogoneros, boxeadores, bailarines de feria, vendimiadores, camioneros o picapedreros.
El paso de una sociedad rural a una sociedad urbanizada es el conflicto sobre el hombre que atrae y es tema central en toda la obra de Aldecoa, tratado unas veces con piedad, otras con ternura, con ironía, con rabia o melancolía, pero nunca con indiferencia. La capacidad de comprender al hombre, de simpatizar con su grandeza, pequeñez o miseria es una cualidad que destaca en toda la obra de Aldecoa y que la hace imperecedera. Al efecto, recomiendo la lectura de sus ‘Cuentos completos’, Alianza Editorial, volúmenes 1 y 2, Madrid, 1973.
Como dejó dicho Ana María Matute en su prólogo a un libro de relatos de Aldecoa, publicado poco después de su muerte: «a través de los días y los años, en alguna parte habrá un hombre que, leyéndole, sienta dignificada su soledad o su miseria».
Por lo que respecta a León, Ignacio Aldecoa contrajo matrimonio con la escritora leonesa, nacida en La Robla, Josefina Rodríguez Álvarez, quien, tras el dolor por la muerte de Ignacio en 1969, adoptó en lo sucesivo de su carrera literaria el apellido de su marido con la nueva nominación de Josefina R. Aldecoa.