Se trata mucho sobre la correspondencia entre el autor y su obra, sobre qué hacer cuando esta es excelsa frente a un creador que resulta humano y, con ello, imperfecto, odioso a veces. Si Picasso era un maltratador o Céline nazi, si Cela era censor y un imbécil… ¿Rebaja eso su obra o la convierte en detestable? ¿Es autónoma y superior? Dicen que es mejor no conocer a las personas que admiras para no llevarte una decepción y, con el aborrecimiento de lo que dicen, aborrecer lo que hacen y cómo lo hacen.
La idolatría decepciona. El Antiguo Testamento lo deja claro, aunque haga trampa proponiéndonos otra supuestamente más eficaz y poderosa. Por su parte, el catolicismo, religión politeísta, inventó los santos para administrar esa desilusión con una prole de alternativas. Los santos de nuestros días tienen nombre de cantantes pop y quizás no sea una coincidencia que el papa visite Madrid a la vez que lo hace Bad Bunny, aunque el debate sobre quién es el telonero de quién quede para los iniciados en ambos credos.
La idolatría proyecta en otro (u otros) virtudes y rectitudes que creemos adornan a alguien porque nos vemos incapaces de alcanzarlas, son la materialización de un ideal y, como tal, una quimera, barro, humo. Por ese motivo, cuando caen, los ídolos lo hacen con enorme estrépito dejando a sus pies un reguero de cascotes que aplastan muchas esperanzas y no pocas convicciones: la creencia en unos valores, la fama de un nombre y, sobre todo, la quiebra de ideas que representaban o se creía simbolizaban.
Pienso en ello, aún en shock, a causa de la imputación de uno de los escasos tótems de la izquierda de este país, dirigente del gobierno más limpio de la democracia española. Un referente que se ha encargado de pedir nuestro voto mientras, tal vez, formaba parte de un entramado de negocio que contravenía aquello que defendía. Tal vez. Ojalá no sea así y su defensa le devuelva parte de la dignidad perdida, pues toda es imposible ya que, por mucha explicación que se obtenga, actividades como esas son indecorosas, aunque puedan ser legales.
Y sí, puede que las lleven a cabo todos los expresidentes, aquí y allá. Y sí, estoy seguro de que la derecha se ha echado encima dejando a un lado su nefasto y corrupto modo de gobernar, tan poco aireado. A ella le secunda una prensa que condena sin paliativo ni pudor; solo hace falta ver los titulares del día siguiente, miércoles, con enormes negritas que ocupan portadas enteras: «Zapatero lideró una trama criminal» (ABC), «Cazado el comisionista internacional Zapatero» (El Mundo). Es obsceno, pero eso no mitiga. Cuando un ídolo cae, obliga a recordar que tan solo es una figura y lo que importa de verdad es lo que representa o, tal vez, representó. Esa no es vana lección.