Imagen Juan María García Campal

¿Identidad? ¡Ja!

27/07/2016
 Actualizado a 13/09/2019
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Escribo en otro de los paraísos que me ha sido dado habitar, explorar, disfrutar. He regresado a Granada. Y ayer, día de llegada, volví a dejarme seducir por La Alhambra, por la nocturna belleza que brinda a quien la contempla en su esplendor, y más, si uno lo hace entre el acuoso susurrar de las fuentes de los jardines románticos del Carmen de la Victoria; Carmen del que Manuel Vázquez Montalbán dejó escrito que «no se sabe si fue hecho en función de La Alhambra o La Alhambra en función del Carmen». Alegre sosiego era el que cautivaba mi ánimo a su vista. Toda vez que ésta siempre hace que se esfume, si aún alguna me queda, toda duda sobre mi personal identidad. Qué necios estimo, ante ella, La Alhambra, a quienes aún pretenden delimitar identidades y ser o sentirse de aquí o allá: catalán, astur o leonés o por lo que cada uno se tenga. Desde aquí, contemplando las obras y huellas de más de seis siglos de nuestro pasado, de historia, cualquier persona, medianamente inteligente, comprenderá que no hay españoles puros, que todos, hasta el último habitante de la ultima aldea, de la más alejada masía, somos mestizos, consecuencia de múltiples cruces de identidades; que, como bien diría Ángel González, para que nosotros nos llamemos como nos llamamos, para que nuestro «ser pese sobre el suelo,/ fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo:/ hombres de todo mar y toda tierra,/ fértiles vientres de mujer, y cuerpos/ y más cuerpos, fundiéndose incesantes/ en otro cuerpo nuevo». Ya no hay sangres primigenias y pretender argumentar de identidades o esencias puras no es otra cosa que desvergüenza y estafa histórica. Y vale esto para grande patria y patria chica.

Quizá por esto fue tranquilo el galanteo y, acaso también, porque bien sabía yo que hoy, a las primeras luces iría hacia ella, a rondarla en demorado, fresco y sensual avance, en lenta ascensión entre sus torres y jardines hasta llegar a la deseada puerta que me permitiría, gozosamente, penetrar, perderme en ella por una, aunque siempre deseada eterna, brevedad de horas.

Pasear, admirar Alhambra es para mí, amén de gozo sensual, revacunación contra cualquier nacionalismo y, también, contra cualquier misoginia y alarde machista tipo «llorar es cosa de mujeres». Cómo no entender las lágrimas de Abu Abd Allah, último rey nazarí, cómo no con él sentir sus lágrimas si, en versos de Roberto Santamaría, «Boabdil viaja vencido/ dejó a lo lejos La Alhambra/ acullá quedó la zambra,…». ¡Ay, cuánto ciegan las patrias!

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