Hace unos días leí un poema que decía: «Me fui muy lejos del país que amo, dejando a mi madre dormida». Ese verso en concreto prendió en mí, me dejó profundamente tocada, tal vez porque lo escribió Ibrahim, un joven de veintidós años que vino de Mauritania en cayuco sin mirar atrás.
Ibrahim dejó tierra y madre –ambas cosas tienen el mismo sustrato– en busca de una vida mejor, pero al llegar a nuestro país se topó con el muro del racismo, esa falsa creencia que sostiene que un grupo étnico es superior a otro. El racismo es universal y va contra el más pobre, recibiendo en este caso el nombre de aporofobia. Recientemente presencié en un semáforo un episodio que me dejó perpleja –las cosas más oscuras suceden a veces en los lugares más cotidianos–. Mientras esperaba a que se pusiera en verde escuché a un hispanoamericano con buen porte y presencia llamar a otro con peores trazas ‘panchito de mierda’. ¿Había oído bien? Sí, así era. Nada más cambiar de color el ciudadano de pro como huyendo de la peste adelantó el paso y repitió lo de ‘panchito’.
Si dejamos de vernos como el ombligo del mundo nos daremos cuenta de que todos hemos salido en algún momento del lugar del que, en palabras del Registro Civil, somos naturales. La demografía nos revela que en Europa han emigrado a lo largo de su historia más de ochenta millones de personas y tan solo han llegado veinte. Pero si nos centramos en nuestro país, no podemos olvidar el medio millón de exiliados que trajo la guerra, ni los dos millones de españoles que emigraron en la década de los cincuenta y sesenta en busca de trabajo y mejores oportunidades a Francia, Alemania, Suiza y Países Bajos. Más de la mitad de manera irregular.
La emigración no es nunca un problema para el país receptor sino para el emisor que, al perder habitantes, se convierte en más pobre en recursos humanos. Un Estado que crece en población crece en oportunidades. El emigrante levanta y entrega su vida en el lugar en el que vive. Ante el envejecimiento demográfico, los estudios pronostican que en 2064 la población nacional bajará de 46 a 40 millones. Si paramos el proceso emigratorio, ¿quién sostendrá el país?
Las personas no elegimos el color de la piel ni la tierra en la que nacimos, en cambio, somos responsables de los valores que construimos. Tengamos cuidado, no nos dejemos encandilar por falsos cantos de sirena cuyas tristes melodías ya resonaron en el pasado. Ampliemos el punto de mira, el horizonte de la tolerancia. Las fronteras son solo mentales.
Si la madre de Ibrahim hubiera sospechado por un momento su marcha y el periplo al que se enfrentaba se lo hubiera impedido. No me cabe la menor duda. A Ibrahim tampoco.