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Humanidad es...

06/08/2017
 Actualizado a 13/09/2019
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Vivimos en la era de la tecnología. Los grandes avances científicos que prolongan la vida de los seres humanos dependen de este progreso y debemos nuestra longevidad al florecimiento de los planes de investigación y al trabajo incesante de especialistas en todo el planeta. Ellos lo hacen posible. Por tanto, a pesar de ser y saberme una mujer de letras y artes, reconozco el valor de la ciencia y de todo lo empírico y demostrable que dignifica y defiende la vida.

Sin embargo, tal revalorización de las disciplinas científicas y matemáticas unidas a una visión materialista del mundo, están creando planes de estudios que no ofrecen su lugar al pensamiento, a la cultura, a la creación que es innata a la sustancia humana.

Las antiguas civilizaciones comprendieron pronto el poder del arte. La música formaba parte del Quadrivium en Grecia y lo que hoy agrupamos bajo el epígrafe ‘letras’, es decir, la elocuencia, la gramática y la dialéctica, conformaban el Trivium, las enseñanzas liberales que ayudaban al hombre a entender el mundo y a conocerse a sí mismo y a los demás. Incluso en una edad oscura como lo fue la Edad Media, resultaba evidente la importancia de forjar un espíritu idealista y crítico.

Todo evoluciona, nada permanece, como Heráclito nos describió en su río, pero caminar todos en línea recta hasta el extremo por la misma vía, nos convertirá en seres mecánicos que buscarán su alma en el espejo sin comprender que hay cosas invisibles a los ojos y como dijo Bernard Shaw: «Los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma».

Necesitamos cada vez más puentes que den sentido a la existencia. Un ser humano no sería tal sin su capacidad para la emoción.

¿Se imaginan un mundo sin los ‘Girasoles’ de Van Gogh, sin el ‘David’ de Miguel Ángel, sin las sinfonías de Beethoven, sin el ‘Romancero Gitano’ de Lorca, sin los ‘Cien años de soledad’ de García Márquez, sin la ‘Venus de Milo’ o sin el encanto de ver caminar a Charlot con su bombín?

Seríamos infinitamente más pobres sin ellos, sin sus sueños y su magia. No es posible la vida sin pasión.

Nos van arrebatando esa libertad entre otras muchas cuando eliminan de los planes de estudios la filosofía, la literatura universal o la música.

El futuro necesita ingenieros, informáticos, expertos en desarrollos sostenibles, pero también necesita un trompetista que ilumine con las notas de un blues embravecido nuestras noches de luna y soledad. Necesitamos ver más allá de lo imposible.
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