Mañana será la Noche de Difuntos y yo pienso en huesos, huesos. Me fascinan los huesos. Esa belleza grácil. Esa dureza eterna. Os hablaré de ello. Este verano fue un verano de huesos. Hice una ruta en bicicleta a lo largo del Danubio, jalonada de huesos. Un día nos detuvimos frente a una iglesia en una aldea mínima en el valle de Wachau. No era barroca, como casi todas las que nos encontrábamos. Tenía algo oscuro, primitivo. A su lado se levantaba otro templo más pequeño, cerrado a cal y canto, rodeado por un jardín-cementerio, donde las plantas crecían libremente sobre las tumbas. Los ventanucos de aquella nave me llamaron la atención. Me puse de puntillas para atisbar dentro. Había un altar y en los laterales dos ataúdes primitivos. Sobre el altar se elevaba una especie de Piedad y una cruz. Ambas, formadas por calaveras. Calaveras dispuestas artísticamente. No era una visión terrorífica, era una visión sobrenatural y, sin embargo, natural. Una especie de culto a la muerte. Leí después que cuando el cementerio del pueblo se les quedó pequeño empezaron a exhumar los restos para reutilizar las tumbas, a blanquear los huesos y a reorganizarlos artísticamente. Lo que descubrimos era un osario gótico del siglo XIV.
Pero hubo más, más huesos. A lo largo del camino, en muchas iglesias, entre los dorados y los pasteles del barroco austriaco, nos encontrábamos urnas con esqueletos acicalados, cubiertos de joyas y brocados. Recuerdo una mano llena de anillos que sostenía los huesos de la mejilla de una calavera, como si fuera el gesto de una dama pensativa. Iglesias vigiladas por muertos. No sé si los feligreses se sentirían acompañados o más bien aterrados. ¿Por qué esos esqueletos yacentes? Cuando en el siglo XVI se redescubrieron las catacumbas de Roma, gran número de diócesis europeas decidieron llevarse su ración de esqueletos para mostrarlos en las iglesias. Se suponía que todos los muertos enterrados en las catacumbas eran cristianos, víctimas de la sangrienta persecución romana. ¿Quién no querría poner un mártir en su altar? Me imagino un convoy de esqueletos recorriendo Europa en carros tirados por bueyes, los huesos bailando y rebotando en los baches del camino. Me imagino a las mujeres bordando capas para sus mártires, a las aristócratas donando sus joyas.
Así que, ahora que es la Noche de Difuntos y voy a participar en la procesión de la Güeste de Ánimas de Villalfeide del Torío, donde los muertos cobran vida y buscan al vivo que los acompañe en su penar, pienso en huesos, huesos. En la Güeste, esa tradición de origen prerromano, las ánimas recorren los caminos y, para protegerse de ellas, los vivos deben trazar un círculo con ramas de ‘teixu’. Y pienso, no estamos tan lejos. De nuestros antepasados y de su culto a los muertos. Porque nuestros muertos, los muertos de cada una de nosotras, nos acompañan siempre, invisibles como las ánimas de la Güeste, obstinados como los huesos.
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