En el tren que me devolvía a Madrid, al día siguiente, abrí el librito al azar y, casualidad o no, lo hice por el capítulo que Azorín dedicó a León y que tituló muy en su estilo nada pagado ni enfático ‘Horas en León’. El capitulito (apenas tres hojas) narra sus devaneos por la ciudad que a principios del siglo XX era en palabras de Azorín «vetusta y gloriosa» y en la que se respiraba «el espíritu de la antigua España». Habla también Azorín de calles «con nombres castizos» (Barillas, Cazalería, Cardiles, Plegaria) y de portales y tiendecillas «sobre los que campean rótulos en que leéis apellidos que no os dicen nada y que os sugieren un mundo de cosas imprecisas y remotas». Azorín callejea por León, se maravilla ante la catedral y se extasía ante «una ancha plazuela solitaria» en la que desemboca en su devaneo y «entre cuyos guijos menudos, que forman el piso de la plaza, crece la hierba clara». En la del Conde Luna, entonces sin el impositivo edificio del mercado aún, dice haber experimentado la mayor sensación de soledad y sosiego que ha sentiddo nunca. El relato termina con el encuentro casual en el suelo de una tarjeta que la abadesa de las Concepcionistas, de nombre Sor Gabriela de la Purificación, dirige a un tal Gonzalo Puente dándole cuentas de unos gastos conventuales, lo que le da pie a Azorín para tirar del hilo de la fantasía lejos.
Al acabar de leer el texto uno tiene la impresión de que León no ha cambiado tanto desde que el escritor pasó unas horas en ella hace ya más de cien años.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.