En medio de tanto ruido mediático causado por nuestros mediocres políticos, me gustaría que este sábado mi cita semanal con ustedes sea un oasis mediático, un remanso de paz, un rincón para unirnos y despedir a uno de los actores más carismáticos de nuestra época.
Me refiero, por supuesto, a Robert Redford, que nos dejó hace unos días y que para muchos de nosotros ha sido y será siempre, alguien imprescindible e inmortal. Es el privilegio de todo genio, la gloria, esa capacidad de no morir, porque mientras muchos te recuerdan, mientras el mundo entero pueda seguir viéndote en la pantalla observando una y mil veces cómo le lavabas el cabello a Meryl Streep, Robert, querido, tú sigues aquí, sigues vivo.
África. El modo en que Karen Blixen inclina la cabeza y Denys Finch Hatton le recita unos versos del poema «La rima del antiguo marinero», del autor británico Samuel Taylor Coleridge: «Reza bien quien bien ama al hombre, a la bestia, al pájaro…».
El sol se desmaya sobre los ojos cerrados de ella, el agua deslizándose hacia el suelo lenta, tímidamente. Él la mira y dice: «Perfecto». Y lo es. Es un momento irrepetible, un instante que a todos nos gustaría haber vivido.
Su filmografía es muy extensa e imposible de resumir en una columna, pero baste decir que además de Memorias de África, creo que siempre recordaremos a El Hombre que susurraba a los caballos por títulos como El gran Gatsby, Tal como éramos, Todos los hombres del presidente, Descalzos por el parque o Dos hombres y un destino.
Su pelo rubio, su flequillo indomable, sus ojos azules, sus pecas, su presencia de hombre sensible y a la vez imponente, amante del medioambiente y todo lo natural: «No soy una persona de estiramiento facial. Soy lo que soy», llegó a decir.
Redford nos sedujo y convenció, más allá de las pruebas, esos cinco Oscars y sus dos Globos de Oro. Robert, descansa en paz, tú que llegaste, viste y enamoraste.