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El hombre-motosierra ataca de nuevo

26/10/2026
 Actualizado a 26/10/2026
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La nueva aparición de Milei en España podría tildarse de excesiva y surrealista, pero ya conocemos el paño. El hombre anda por ahí insultando a Sánchez y repitiendo frases más bien pueriles contra los que él llama zurdos, imagino que en plan despectivo, y a eso ya estamos más que acostumbrados. Con esos bueyes hay que arar, etc. En Argentina, también.

No es Milei el problema, aunque pueda ser el síntoma. Alumno aventajado de Trump, con el que comparte entusiasmo palabrero, en la línea de lo que popularmente se denomina aquí un completo bocachancla, casi se podría decir que ya lo ha adelantado (por la derecha, claro). Trump cotiza ahora a la baja en el panorama electoral de los USA y en el ranking global de lideres autoritarios, desesperado por no naufragar del todo en las elecciones de medio mandato que están a punto de celebrarse. Trump no tiene quizás aquella energía de sus inicios, o eso me parece, por más que siga con sus ocurrencias cerriles de vez en cuando. Pero Milei, ah, Milei parece muy sobrado de vitaminas. Y no sólo para el pelo. Puede que sus decisiones estén llevando al desastre a una Argentina acostumbrada a coquetear con desastres anteriores, pero eso no ha servido para que baje el tono de voz, ni para que haya abandonado un histrionismo que provoca más risa que otra cosa. Aquí reímos su performance (por no llorar). En Argentina, lo sufren. 

Su desembarco en la precampaña electoral puede ser una falta de cálculo o quizás sólo una situación inevitable. No es muy habitual que un dirigente político vaya a otros países a insultar, envuelto en un tono volcánico, desabrido y teatral, a sus gobernantes, por opuestos que estos sean. Resulta muy extraño, muy alejado del comportamiento diplomático que se le supone a un mandatario, eso desde luego. Pero su vozarrón también resuena, aunque sepamos de qué pie cojea y cómo suele desempeñarse ante un micrófono, como el de alguien prepotente, narcisista y, sobre todo, espantosamente ridículo. Pero, en fin, allá cada uno. El estilo es el estilo. 

No creo que Milei haga mucho daño en campaña, como no sea a la derecha. Así lo vieron algunos, o esa fue la sensación. Feijóo, escaldado con los paracaidistas, evitó meterse en el berenjenal del argentino, salió de naja de cualquier photocall, y la cosa quedó para Ayuso, que no pareció hacer ascos al abrazo del amigo rioplatense, quizás por coherencia con los encuentros anteriores. A última hora (fuera de agenda, o casi) nos ofreció el famoso abrazo con motosierra al fondo, ejecutado, como todo en esta visita de Milei, con alto grado de teatralidad y exceso, en plan carrerita que finalizaba en la colisión de los cuerpos ante las cámaras, el aleteo de los brazos, el palmoteo de las espaldas, el entrechocar de las manos. Eso era todo. Se pasaba de lo insultante a lo exultante. No parecía haber justificación mayor, salvo impartir alguna conferencia o así, para un desembarco tan ruidoso como al parecer temido por algunos políticos más o menos a su lado del espectro. Los aterrizajes de otro planeta siempre causan mucha inquietud. Milei habla, en efecto, como quien aterriza de improviso y necesita soltar algo potente para anunciarse, aunque sea lo de siempre. El despropósito habitual. La ultraderecha se hizo un zoom con el visitante, en plan hola que tal, y Milei aprovechó para colar con estrépito y carcajada una de esas frases suyas, de alta complejidad intelectual: «me encanta patear culos zurdos». En fin. Todo por elevar el tono del discurso. 

Lo grave de la anécdota es que puede apartarnos de lo principal. La campaña va tomando vuelo sin haber empezado, y ofrece situaciones curiosas, análisis peculiares, mientras Milei, a su bola, se regalaba sus minutos de gloria warholianos. Esos minutos a los que, por lo visto, todo el mundo tiene derecho, aunque, en lugar de gloria, puedas recolectar las risas del respetable. Felipe Gónzalez, que sigue ejerciendo por ahí de jarrón chino discrepante, salió en algún evento y no sólo dijo que votaría en blanco (porque nadie le representa, ay), sino que anunció, con sorna y tal, que quince visitas más de Milei y lo mismo Sánchez remontaba. Vino a decir González, aquel hombre que trajo modernidad y que ahora resulta irreconocible (o la memoria nos engaña), que Pedro lo tenía difícil, pero que, si Milei sigue largando por esa boquita, no se sabe lo que puede pasar.

Milei pasará quizás como un instante tipo ‘El Club de la Comedia’, lo que no significa que no lleguen otros momentos similares. Ojalá todo fueran risas de otoño. Vendrán años más malos y nos harán más ciegos, ya saben. Lo importante está ahora en las calles de la discordia, o en la discordia de las calles, donde no debería brotar la violencia. Ninguna violencia. Pero brota el desánimo, la rabia de los desposeídos y la de los que no atisban ni siquiera una pequeña luz encendida en el futuro. Abundar en el esperpento que Milei y otros líderes de este jaez nos traen de vez en cuando, en el sindiós autoritario que hoy sacude el mundo, aunque sea para echar el rato ante el ridículo, nos hace perder quizás el hilo, y también la energía, de lo que es necesario abordar, de los retos urgentes que tenemos. Se teme a las revoluciones, pero el poder del pueblo, el poder de la gente, que canta Patti Smith (qué desembarco glorioso en Oviedo), nunca debe ser infravalorado. Las urnas son también las calles. O son, sobre todo, las calles. Mucho más que los despachos. Y me temo que, en el malestar social, apenas cuentan las fronteras. La rabia se comunica, viaja de un lugar a otro, el desánimo es a menudo una ola sin patria. El desánimo sólo agita la bandera del dolor.

A la espera de lo que suceda con Trump, cuya deriva autoritaria, dañina para los suyos y también para todos, podría detenerse en parte en las urnas de noviembre (si es que todo sucede con normalidad), lo que se esconde en los días que vienen es la dura batalla por la defensa de las democracias. Siempre fue esa la verdadera batalla. La batalla que envuelve sin duda a todas las demás. Lo que no es libertad, es oscuridad. Y las democracias mueren en la oscuridad, como dice en su frontispicio el Washington Post (en fin, espero que siga diciéndolo). Que Milei aterrice de pronto su platillo volante desde alguna galaxia lejana para predicar recortes entre carcajadas poco menos que histéricas, o sea, para predicar la austeridad de los de siempre, para presumir de motosierra, esa pesadilla surreal, propia de la política entendida como paranoia, o para insistir en la lindeza de la privatización a ultranza y en el adelgazamiento del estado protector, que permite sobrevivir a muchos, no conviene a la derecha, quizás porque nadie debería ser capaz de comprender el tono bocón y celebratorio del argentino cuando no puede presentar resultados acordes con todo lo que predica y lo que brama por ahí. Y menos aún, impartir doctrina caduca fuera de su país.

Es este, sin duda, un momento crítico. Pero lo es en toda Europa. En todo el mundo. La batalla entre la agenda social, entre la necesidad de mantener el Humanismo, y la agenda autoritaria y feroz de los nuevos feudalismos. Ese momento gramsciano, como solemos decir, en el que lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no acaba de nacer. Y sí, si a alguien favorece la disparatada retórica de Milei, el hombre-motosierra, es a Sánchez. Una alfombra roja, pensará, para todas las visitas a este país que desee hacer.

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