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La hoguera de la intolerancia

25/04/2026
 Actualizado a 25/04/2026
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No sé si es para llorar de risa o de miedo, pero que, a día de hoy, en nuestro país haya personas que promuevan la quema de libros es indignante y debería hacernos reflexionar sobre cómo y por qué hemos llegado hasta aquí. No se me ocurre mayor ejemplo de fanatismo que querer convertir en cenizas una obra literaria por las ideas que contiene o por quién es su autor. El último ejemplo de este ataque a la libertad lo han protagonizado algunos sectores independentistas catalanes, quienes iniciaron una campaña de quema de libros del escritor Eduardo Mendoza como respuesta a unas declaraciones suyas en las que pedía cambiar la denominación de Sant Jordi por el Día del Libro.

Lo primero que demuestran los energúmenos que han iniciado esta cacería cultural es que habrán hecho muchas cosas en su vida, menos leer, y doy por hecho que nunca han disfrutado de un libro de Eduardo Mendoza. Cualquier persona que haya tenido un libro suyo entre las manos sabe del humor, sarcasmo e ironía de la que está hecha su literatura. Quizás lo que sí hayan leído es ‘Mi lucha’, de Adolf Hitler, porque, visto su gusto por quemar libros, a lo mejor es que quieren revivir, en versión catalana, ese 10 de mayo de 1933 en Berlín, en el que, en un acto simbólico, los estudiantes universitarios quemaron más de 25.000 volúmenes de libros «no alemanes». No hace falta contarles lo que vino después.

Quizás también quieran imitar lo que está ocurriendo desde hace ya varios años en EE UU, donde activistas ultraconservadores están promoviendo la censura de cientos de libros en colegios e impulsando aquelarres literarios echando al fuego aquellas creaciones que no comulgan con sus valores.

Pero no hay que ir más allá de los Pirineos para ver ejemplos de censura cultural e ideológica de altas temperaturas. En nuestro país, la extrema derecha tuvo entre sus objetivos prioritarios a las librerías que vendían lo que ellos llamaban libros de rojos o con contenido sexual. Tampoco podemos olvidar cómo ETA y la izquierda abertzale también ejercieron una enfermiza bibliofobia ante aquellos establecimientos culturales que determinaban que no compartían su base ideológica.

Como terapia para los analfabetos iluminados que han propuesto la quema de libros de Eduardo Mendoza, lo ideal sería que un facultativo les prescribiera leer alguna de sus obras, pero, como quizás no sean capaces de entender su prosa, a lo mejor podrían animarse a leer la novela distópica ‘Fahrenheit 451’, de Ray Bradbury, y descubrir el futuro de una sociedad donde se queman libros.

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