El pasado mes de marzo el Gobierno de España creó una nueva herramienta gestionada por IA para medir el odio en redes sociales, con el fin de identificar a posibles odiadores, personas racistas, xenófobas, homófobas o practicantes de diversos tipos de fobias a través de sus discursos en redes sociales, con el fin de perseguir estas conductas y castigarlas.
Más polarizados no podemos estar. Quien se salga del relato oficial e intente exprimir su pensamiento crítico, pensar por sí mismo y razonar confrontando información, sepa que corre peligro severo de cancelación social. Opinar se ha convertido en una conducta de alto riesgo.
Por supuesto que no se puede ofender a nadie desde ese anonimato de la red que tanto valentón de pacotilla ha sacado a la palestra, pero la barrera que separa los sentimientos de la libertad de expresión es una línea muy fina. No son las palabras, en muchas ocasiones, las que transmiten desprecio, sino el tono y la intención con que son dichas.
Por otro lado, me causa cierta perplejidad que quienes hayan puesto en marcha esta herramienta sean los mayores generadores de odio sin h que hay en nuestra sociedad.
Escuchen ustedes un debate en el Congreso, el odio se escupe desde escaños y tribunas a granel. Vox y PSOE se llevan la palma. También Pablo Iglesias e Irene Montero.
¿Son ellos quienes pretenden dar lecciones de amor a la sociedad?
Si algo debiéramos odiar los españoles es la corrupción. ¿La hay en todos los partidos? Por desgracia en casi todos. Y últimamente más que corrupción, la situación raya en el «gansterismo». Si siguen las noticias de tribunales, la ficción resulta insípida a su lado. Prostitutas colocadas a dedo desfilando con pelucas por los estrados, un ministro de justicia que amenaza a los jueces que osen procesar a algún amigo/a.
¿Los ciudadanos? Callados ante tanta manipulación y bellaquería, no vaya a ser que por hablar venga el vecino y nos acuse de hodio el jodío.