Ahora que comienza otro curso, como padre, cada vez me preocupa más una idea: ¿ Estamos preparando a nuestros hijos para un mundo que cambia mucho más deprisa que la propia educación? Cambian los trabajos, la tecnología, la forma de informarnos, de relacionarnos, de ahorrar y de decidir. Lo que hoy funciona puede quedar obsoleto mañana. Y, sin embargo, muchas veces seguimos educando con estructuras pensadas para otro tiempo.
No digo esto como una crítica a los profesores, sino mas bien al sistema. Tengo la suerte de tratar con muchos profesores y admiro su labor. Trabajan con clases numerosas, carga administrativa, programas extensos y realidades personales cada vez más complejas. Y aun así, muchos van más allá: escuchan a alumnos que lo necesitan, se forman, innovan y se preocupan por personas, no solo por expedientes.
El problema es pretender que, con el tiempo y los medios disponibles, puedan enseñar contenidos, atender realidades distintas y preparar a los jóvenes para un futuro que nadie sabe cómo será.
Por eso debemos ampliar nuestra idea de educación.
Nuestros hijos necesitan matemáticas, lengua, historia, ciencias o idiomas. Pero también aprender a hablar en público, gestionar la frustración, entender sus emociones, trabajar en equipo, resolver conflictos, detectar manipulaciones, distinguir información fiable de una falsa, usar la inteligencia artificial con criterio, tomar decisiones, aprender de un fracaso y adaptarse.
También necesitan aprender a manejar su dinero: ahorrar, invertir, entender los intereses, la inflación, las deudas o el riesgo de vivir por encima de lo que tenemos. En una sociedad donde consumir es cada vez más fácil y el dinero pierde valor, enseñar educación financiera también es enseñar libertad.
Quizá deberíamos preguntarnos si todas las actividades extraescolares tienen que reforzar lo mismo que ya se estudia por la mañana. El apoyo académico puede ser necesario, pero una parte de ese tiempo podría dedicarse a enseñar herramientas para la vida.
Porque el gran reto ya no es solo saber respuestas. Google o la inteligencia artificial pueden dárnoslas en segundos. El verdadero reto será saber hacer buenas preguntas, pensar por uno mismo, relacionarse con los demás, administrar sus recursos y saber reinventarse.
Y aquí los padres también tenemos responsabilidad. No podemos delegar toda la educación en el colegio. La escuela enseña y abre caminos, pero la familia también debe preparar para vivir.
Tal vez educar en este siglo consista en transmitir conocimientos, sí, pero también en entregar a nuestros hijos herramientas que les sirvan cuando el mundo vuelva a cambiar.
Y quizá deberíamos hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos preparando a nuestros hijos para aprobar el próximo examen o para desenvolverse con criterio, autonomía y seguridad durante los próximos treinta años?
Seguramente necesitarán ambas cosas. Pero ha llegado el momento de enseñar también aquello que no cabe en un examen y que puede decidir buena parte de su vida.
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