Y ahí es donde aparece gente como ella, sin superpoderes para abrir fronteras ni varitas mágicas para acabar con el conflicto, con mucha frustración pero con ganas de involucrarse y luchar por una causa que la va a tener, como mínimo, un año en el país heleno como voluntaria, sin cobrar nada pero ganando mucho.
Ella es una de esos héroes anónimos que les cuida dentro de la penuria, que trata de educar a sus hijos para eliminar sus traumas y que dejen de tener pesadillas cada noche, que se une a ellos para reclamar mejores condiciones en las que pasar el duro invierno. Y, al menos en su campo, esta lucha ha tenido efecto. Pasaron de las tiendas de campaña a los contenedores de obra para instalar a las familias, que gracias a las protestas han logrado hasta un pequeño calentador. La necesidad más urgente a corto plazo, explicaba Isabel, es que puedan ser reubicados en edificios para sobrevivir al invierno, que no vivir.
Ella es de esa gente que hace falta a una sociedad acostumbrada a apuntarse veinte por cada uno de los tantos y a hablar en primera persona.
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