31/01/2026
 Actualizado a 31/01/2026
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Dice Annie Ernaux que «no existe una auténtica memoria de uno mismo». Y Spike Jonze que «el pasado es una historia que nos contamos a nosotros mismos». Cuando les cita en ‘Seismil’, Laura C.Vela quiere decir que la única forma posible de construir esa memoria, esa historia que resulta ser la nuestra, es a través de las palabras. Lo dice en un libro que atesora las palabras que construyen su propia historia, empeñada en descubrir quién es ahora, en el presente, a través de ese pasado que describe «congelado»; del que dice que está fuera del tiempo. 

No son iguales las palabras que desentrañan el pasado, sea lúgubre o luminoso, que las que dictan los discursos populistas del presente. Estas últimas, bien dominadas, evocan subterfugios idóneos para no hablar nunca de lo que realmente se está hablando. Son una suerte de cortina de humo que, rimbombante, esconde la absoluta razón que motiva su pronunciamiento; ese manto infinito que parece cubrirlo absolutamente todo: el dinero. 

Yo misma, que no llego a comprender al que oculta lo mucho o lo poco que tiene, creo que es de lo que escribo constantemente. Yo misma, que echo mano de metáforas para no mencionarlo nunca en este espacio, lo obtengo al juntar las letras que forman las palabras que construyen la historia que es mi pasado y que soy yo.

Lo veo –el dinero– disfrazado de los verbos que conjugan las proclamas de los dueños de un campo que, en algunos casos, ondean una bandera carlista mientras acusan a su España –suya y de nadie más– de no ser una democracia en la que exista la libertad de expresión. Lo intuyo en esas voces avariciosas que, lejos de ser propiedad de un humilde y honrado agricultor –aunque los haya–, se abandera de su latifundio abastecido con el agua que hundió los pueblos aledaños al de mi padre; haciendo de Luna, una tierra entonces rica en recursos, un terreno acuoso por las aguas del pantano y por las lágrimas de los vecinos que hubieron de abandonar su hogar. De sus pueblos, ya sólo queda la memoria de un pasado que nosotros, en el presente, construimos con palabras.

Lo escucho –el dinero– en los lamentos de mi tía y lo presiento en la tristeza de mi madre cuando reparan en que la fuerza de una herencia es capaz de generar roturas irreparables en la fragilidad de la familia. Cuando las manos codiciosas de sus allegados desmantelan los recuerdos de su abuela. Cuando la mía me dice que no entiende lo que está pasando y yo le digo que la música amansa a las fieras y que el dinero lo amasan feroces, pero que a nosotras nos quedarán siempre las palabras que construyen su memoria, dotando de relato a ese pasado que, congelado, yace fuera del tiempo.

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