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Heredarás la tierra

08/02/2018
 Actualizado a 19/09/2019
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Para los peces de ciudad, como cantaba Sabina, el campo es todo aquello que queda a los lados de las autovías, todo lo que alcanza la vista desde las ventanillas de los trenes. Tierras estos días nevadas y escarchadas que uno atraviesa veloz mientras caza atardeceres o ve acercarse la tormenta. Paisajes para enmarcar horizontes y rutas de paso que casi nunca son destino. Para los urbanitas, el mundo rural es memoria familiar y planes de fin de semana para encontrarse con el silencio ensordecedor de las arboledas y los pájaros, con el ruido melódico de los recuerdos.

Tuve tierras, o mejor dicho, podría haberlas tenido. En un par de pequeños pueblos del sur de Ávila, donde arrecia el viento frío de Gredos, y que guardan la infancia y la juventud de mis abuelos maternos. De esos de Belén castellano, donde parece que hubieran tirado un puñado de casas en cada valle. Hace unas pocas semanas mis padres terminaron de vender aquellos retales de monte y prado que algún día hubieran sido míos. Y todos suspiramos, y no por pena, si no por la satisfacción de quitarse de encima hectáreas abandonadas durante décadas, muros caídos y caminos engullidos por la maleza. Se los quedaron unos parientes con el trato perfecto: ellos querían comprar la memoria y nosotros queríamos vender el olvido. Las tierras, que en cualquier otra época hubieran sido la obsesión y el orgullo de la familia. Las bienaventuranzas por herencia y las disputas por el reparto del legado. Ahora, para nosotros los de ciudad, nunca valieron nada. Ni siquiera nos sabíamos sus lindes ni ubicarlas en un mapa.

A pesar de todo y, sin embargo, Castilla y León es una inmensidad de tierras cosidas por caminos. El campo sigue siendo uno de sus sectores más importantes y la agroalimentación supone el diez por ciento del Producto Interior Bruto. Castilla y León sigue siendo cereal, vides, cerdos o remolacha, en esa realidad paralela que se anota al margen de las capitales y los escasos polígonos industriales. Este domingo más de 40.000 profesionales están llamados a las elecciones agrarias que deciden quiénes sujetarán las pancartas los próximos cinco años. Quiénes volverán a convocar protestas por tener que vender la materia prima a precios de hace un cuarto de siglo o nos desgranarán la angustia de las explotaciones de ganado que van cerrando arruinadas cada año. Los que aparcarán camiones para regalar toneladas de patatas a vecinos que solo se ahorrarán la compra. Una de las muchas urgencias de nuestro campo (y de toda la España interior) es rejuvenecerlo. Desde hace años las administraciones y los sindicatos agrarios impulsan programas para que haya jóvenes que decidan emigrar al lugar de donde emigraron sus abuelos. Tras la crisis económica las cifras de retornados suben, y el año pasado fueron 1.494 los que solicitaron esas ayudas. Todavía demasiado poco para garantizar el futuro. La batalla crucial, que se ha debatido durante esta campaña, es garantizar al menos el relevo generacional en las explotaciones que ahora existen. Es decir, que los hijos quieran heredar la tierra y no busquen otros caminos. Más que un reto se antoja un milagro en estas provincias de derrumbe demográfico.

Hoy cruzo tierras segovianas y desde el coche se ven tractores que aran las tierras que hibernan. Dice el puñado de sabios que aún aguanta en los pueblos que «hay que tener tierras, al final es lo único que queda». Tienen razón, pasarán los siglos y vendrá lo que tenga que venir, pero las tierras seguirán ahí. Aunque les cubra la maleza.
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