Primero habíamos quedado el 21 del corriente a las nueve treinta, pues Busmayor dista unos 180 kilómetros desde la capital del Bernesga y el Torío, siendo alimentado en su fase final por un tramo abundante en montañosas curvas. Su hayedo era el objetivo primordial. Pero luego hubo cambios. El viernes se interpuso y el lunes quedó desamparado. A ver si recompongo las fichas, aunque no estoy muy segura.
Creo que soñé o medio soñé asimismo que alguien, desconocido para mí, me contaba entonces con todo detalle que el grupo leonés en cuestión, donde yo gustosamente iba posterior a extrañamente perderme no sé bien dónde alcanzó el Hayedo dejándose llamar alegría, canción o broma y que desde entonces viaja a pueblos con agua atenta a la sed de la sombra gótica de las hayas. Eso creo, sí. Eso y que hicieron un alto largo , tras visitar el bosque y haber recitado en el monolito denominado Piedra de los Poetas. Luego llegaría La Cantina de Busmayor, heredera de aquellas que existieron en el pasado cuando el vino se trasportaba en pellejos y las gaseosas en los serones de las caballerías pues todavía no existía ni una pobretona carretera, ubicada ahora en la antigua escuela y regentada por la tan amable como eficaz busmayorense, Luisa. Dicha cantina es heredera (recuérdese: La Cantina del Laso; La Cantina de Zarralleiro; La Cantina de Pandelo; La Cantina de Tesín y La Cantina de Adolfo de Xan López y Carmen, mis padres, situada en la Casa de Antoña, breve y muy humilde, al parecer. El baile visitaba algunas periódicamente. Precisamente Luisa me comenta (¿o comentó, vía telefónica?) que cuando ya existía una pequeña carretera en aquellos pueblos recuerda que los mozos de Moldes y Villasinde venían en moto al baile a La Cantina de Pandelo. Por mis sueños circulan (me temo que padezco un sueño continuado) con avidez en una mesa larga el picoteo (entremeses, lacón con pimientos asados, ensaladilla rusa, ensaladilla de pasta; primer plato; segundo plato; postres variados; bebidas, café y chupito). Y si aparece algún despistado siempre hay unos huevos de gallina caseros fritos con chorizos igualmente fritos más unas patatas exquisitas de baraca, me indica Luisa. ¿O no entendí bien? Puede.
¡Uf, vaya lío he preparado con esta historia! Normal. Me he quedado traspuesta en el coche de Tori y Chuchi y aún me dura el atontolinamiento. Estamos llegando a casa. Las luces del Polígono 10 me van despegando los párpados. El día va trazando su adiós en el corral de las estrellas. Las cortinas del sueño me pesan una enormidad. Los paseantes empiezan a recogerse.
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