Desde que el ser humano tuvo conciencia de sí mismo una pregunta le acompaña como su propia sombra: ¿Qué ocurre después de la muerte?
Creencias, muy respetables, aparte no hay una respuesta verificable, pero sí un abanico de dogmas que revelan que las personas estamos más preocupadas por el arraigado sentido de nuestra supervivencia que por el más allá.
En síntesis, las religiones monoteístas ofrecen diferentes narrativas: El cristianismo habla del cielo, infierno o purgatorio, mientras que el islam prevé juicio y paraíso, y el hinduismo y el budismo pronostican la reencarnación como parte de un ciclo de aprendizaje. Estas visiones no solo prometen continuidad, sino que ordenan la vida bajo la idea de un final con juicio sumarísimo.
La ciencia es más sobria, ya que desde una perspectiva biológica y empírica la muerte es el cese definitivo de la actividad cerebral. La conciencia, según las evidencias científicas, depende del cerebro y cuando éste deja de funcionar también lo hace la experiencia subjetiva, puesto que no hay datos sólidos que confirmen la continuidad de la mente como ente independiente.
Ahora bien, reducir la cuestión a un simple «apagón» puede parecer insuficiente para nuestra intuición, tal vez porque confundimos permanencia con significado, ya que si la identidad individual muere algo de nosotros podría continuar en la memoria de quienes nos amaron, en las decisiones que tomamos, en las obras que dejamos, pero… tan solo puede ser romanticismo puro y duro.
Lo que deberíamos tener muy presente es que si la vida es finita cada instante adquiere un peso irrepetible. En resumen: la pregunta sobre el «después» debería importarnos menos que la certeza del «ahora».
En ‘La Casa de Bernarda Alba’ la frase final pronunciada por Bernarda tras el suicidio de su hija, Adela, es: «¡Silencio! ¡Silencio he dicho! ¡Silencio!». Salud.