Cuando Einstein se la jugó con aquella célebre frase que revolucionó el universo cuántico afirmando que «Dios no juega a los dados» hizo tambalear los cimientos de la estadística. Apostaba por un determinismo que busca un resultado esperable en lo que nos rodea, conforme a unas leyes constantes, como si subyaciera en ello una suerte de caja negra o manual de instrucciones que contiene las leyes que sujetan algunos acontecimientos haciéndolos previsibles. Frente a esa teoría que defiende «lo esperado», el equívoco gato de Schrödinger jugueteando en torno al veneno mortal y el electrón incontrolable que inspiró el principio de incertidumbre de Heisenberg: Modelos matemáticos de la física cuántica que preconizan el imperio del azar jugándoselo todo a una carta. Ello, para los que somos más legos en la materia, se traduce en que la vida es un conjunto de sucesos aleatorios encadenados que van unos detrás de otros, muchas veces moldeados por las decisiones tomadas.
Un avatar, veterano de guerra, protagonista de un curso sobre gamificación en el que me he inscrito, alababa a los ingleses al resolver el problema de la naturaleza polisémica del término ‘juego’ optando por la palabra ‘gamblimg’ para los juegos de azar y ‘game’ para aquellos que aportan al ser humano los valores más nobles como en el deporte cuya expresión máxima nació en unos Juegos Olímpicos que fueron concebidos precisamente para evitar guerras, ensalzando a los jugadores deportistas portadores de valores como el esfuerzo, la constancia, la tenacidad y la sana competitividad además de la tolerancia a la frustración. Aún brilla en nuestra retina la antorcha luminosa de Rafa Nadal en la capital de la luz en los últimos. El tenista que supo acatar los consejos de su tío Tony, nos enseñó a perseverar frente a las derrotas: si un golpe no sale a la primera inténtalo una y otra vez. Son las reglas del juego donde las pistas o campos más seguros son aquellos en que se obedece a una normas o reglas que no dependen del azar, ingrediente básico en la ruleta rusa. Pistolas en juego extremo batiéndose en duelo con la muerte. Como los románticos en aquellos campos descarnados donde a menudo, en plena noche, se medían fuerzas en asuntos de lance. El resultado, a menudo, dependía de la suerte más que de la pericia del tirador.
Como suerte es la que suplica el jugador del casino en cada tirada, buscando la adrenalina del riesgo, como describía el ruso Dostoievski en ‘El jugador’: «Quizás estas sensaciones múltiples, lejos de saciar el alma, no hacen más que irritarla y hacer que exija sensaciones nuevas, cada vez más intensas, hasta el agotamiento total».
O la aniquilación total de la compasión humana cuando se cometen crueldades extremas como la que se nos desvelaba esta semana «La Fiscalía de Milán investiga ‘safaris humanos’ en Sarajevo: pagaban 100.000 euros por disparar a civiles en los noventa».
Al final el salvaje juego del calamar no era un delirio travieso de unos guionistas con exceso de imaginación.
Otra vez comiendo del fruto prohibido que constantemente nos expulsa del paraíso. Hombres jugando a dioses, rebasando los límites de la vida humana.