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Hacer un Calvo

08/11/2018
 Actualizado a 16/09/2019
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Si es difícil tomar una decisión, lo más complejo es sin duda alguna mantenerla en el tiempo. Todos tenemos derecho a la rectificación, a ser sabios, a la contradicción e incluso a traicionarnos. Pero es cierto que uno se vislumbra más cerca de la virtud manteniendo las decisiones que en una eterna redefinición de sí mismo. «Solo hay una persona que puede decidir lo que voy a hacer, y soy yo mismo», decía Orson Wells en ‘Ciudadano Kane’. La pregunta que inmediatamente surge es si realmente somos los mismos durante toda nuestra vida. O puede que directamente sea más fácil enunciarla de otro modo, ¿cuántas personas distintas podemos llegar a ser en una sola existencia?

Este dilema filosófico lo está provocando estos días la política, que hay veces que sirve para más cosas que para llenar titulares y minutos de tertulias. La gurú de la comunicación, y vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo retorcía hasta el dolor las palabras y la inteligencia de los que la escuchaban diferenciando entre Pedro Sánchez y el presidente del Gobierno. Para la eterna Calvo la disociación era cristalina, y por eso, con esa lógica aplastante de patio de párvulos miraba con condescendencia desde la mesa de la sala de prensa de La Moncloa para que entendiésemos (como ella dice comprender) que no tiene por qué opinar lo mismo el Pedro Sánchez que aspiraba a presidente que este que, tras las carambolas del destino, ha conseguido serlo. Es el motivo evidente por el que ambos no definen el delito de rebelión del mismo modo, si no del modo contrario. Es que no son el mismo, ¿no lo entienden?

La vicepresidenta solo quería amaestrar argumentos y capear el envite. En castellano castizo: hacernos comulgar con ruedas de molino. Pero sin intención ninguna abrió este debate realmente interesante. Porque en la sociedad de la incertidumbre cada persona es capaz de vivir varias vidas y hasta convertirse en enemigo de su ‘yo’ pasado. Este Gobierno ha sido tantos Gobiernos en apenas medio año que es todo un acertijo prever su próximo movimiento. Un baile de la rectificación constante perfectamente comprensible aplicando el calvinismo de la Calvo (que me disculpe Juan Calvino) según el cual por el Consejo de Ministros habrá pasado ya media España, dimisiones aparte. No sabríamos calcular tampoco la cantidad exacta de Cármenes Calvo que han existido si tomamos una por cada una de los cargos y responsabilidades de su larga trayectoria política.

Pedro Sánchez dijo lo que dijo y ahora dice otra cosa, porque ahora es presidente del Gobierno. Y la aseveración tiene su lógica, que el poder te cambia y estamos acostumbrados al mercado de las promesas de oposición que se caen de los bolsillos cuando calientan banco azul. Pero lo que sucede ahora es más que sintomático y quizá explica en cierto modo la sensación de inestabilidad constante de nuestras sociedades. De deriva perpetua sin tierra firme a la vista. Sánchez muda de definición de delito, es decir de sus certezas, es decir de sus principios. Y cambia mucho que nuestros aprendices de líderes den por sentado no solo que las promesas están para incumplirse si no que los principios son barro moldeable. Ese es el peligro, un virus de la reencarnación constante que afecta también al independentismo, a la tendera de la esquina, a la versión aguada de aquel Podemos que quería conquistar los cielos, a los adolescentes que salen del instituto y hasta al Tribunal Supremo. Nos ha faltado un Lesmes haciendo un Calvo (con perdón) para explicar los vaivenes sobre quién debe pagar el impuesto de las hipotecas con el cuento de que los magistrados de la primera decisión eran otros... antes de escuchar a los bancos. O sin perdón, lo del Calvo, que en el fondo está maratoniana deliberación lo único que hace es volver a enseñarnos las vergüenzas.
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