A raíz del fallecimiento de Andrea, la niña cuyos padres lucharon por garantizarle una expiración digna, me apetece o siento la necesidad de hablar de la vida y, en concreto, de momento tan importante en la de cada cual como será nuestro último acto vital: nuestro fallecimiento. ¡Haya paz! Nadie mude a peor su gesto y, aún menos, me suponga afligido; la luz atraviesa todas las ventanas del estudio y una cantata en do mayor de Mozart –a qué precisar más– inunda hermosa la casa toda y apacigua hasta el sesteo a mis felinas compañías. Tampoco voy a dedicar este texto a los abogados cristianos –así se pregonan ellos– que denunciarán, dicen, a los médicos que retiraron a Andrea la sonda alimenticia tras mandato judicial. Siempre hay personal con tanta fe que, en sus esperanzas, olvida lo mejor de Cristo: la caridad. Tan válida, que sirve tanto para creyentes –amarás a dios sobre todas las cosas– como para incrédulos –y al prójimo como a ti mismo.
Mas volvamos a la vida, a hablar de ella, de su digno final y ello, sin entrar en el ideologizado debate distanasia (tratamiento terapéutico desproporcionado que prolonga la agonía de enfermos desahuciados) versus eutanasia (muerte sin sufrimiento físico. Acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él; que en ambos casos fija el DRAE). Yo, conste, prefiero, por etimología, el término ortotanasia (muerte recta o ajustada a la razón), pues hace preciso razonar la personal posición o deseo con respecto al propio final. Por eso y por la constatada reticencia, por no decir temor, a hablar de la propia muerte hallada hasta en personas de profunda fe cristiana y, en consecuencia, creyentes en la vida eterna y en la resurrección de la carne (es un hecho, no se vea en esto insidia alguna), considero apropiado que se hable de ello con las personas más allegadas a nosotros, con aquellas que en el momento –indeseado, imprevisible e inevitable– tengan que acompañarnos en nuestro deceso, cuando no, decidir sobre si para él se nos somete a distanasia o a ortotanasia según nuestras manifestadas razones y valores.
No tenga por difícil estas conversaciones. Hay, incluso, publicada una guía para comenzar, con curiosos datos, en ‘theconversationproject.org’. Si como dijo Laín Entralgo: «la muerte no es primariamente un evento médico o científico, sino uno personal, cultural y religioso»; algo tendremos que decir cada uno de nosotros al respecto de nuestro trance.
Hablemos de la vida
14/10/2015
Actualizado a
19/09/2019
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