jose-miguel-giraldezb.jpg

La guerra (de hombres y chimpancés) y la poesía del fin del mundo

13/04/2026
 Actualizado a 13/04/2026
Guardar

Mientras viajábamos otra vez a la luna (cuatro elegidos para la gloria pudieron ver la belleza de este planeta desde lejos), una parte de la humanidad no pequeña se estaba matando aquí abajo. No se advertía la barbarie desde el espacio: nuestro mundo permanecía bellamente azul, contemplado desde tan lejos, igual que sucedió en el famoso último viaje, y, como dijo algún astronauta, «no se veían las fronteras». Claro, porque las fronteras no existen. Es una invención humana para preservar la territorialidad y poder ostentar una cuota de poder, un rasgo, por cierto, bastante común entre los animales superiores. Nuestro origen animal, innegable, siempre aparece: tarde o temprano. Hay que reconocerlo: no hemos evolucionado tanto como nos gusta creer. Quién sabe, viendo lo que vemos cada día, si no estaremos involucionando ahora a toda velocidad. 

Ante las imágenes terribles de la guerra en Oriente Próximo, quién podría negar que la violencia aún anida en nuestro cerebro, como pudo anidar en los inicios de la especie. De nuevo, líderes agresivos, y, a lo que se ve, bastante ignorantes (sus palabras los delatan sin cesar: son una completa desgracia), se ponen al frente de ciertas comunidades a las que han convencido de su grandeza y de su derecho a aniquilar al otro. Y hay gente que vota a líderes así. Porque lo peor de todo reside en esa especie de aval que les otorga la democracia. Creo en ella. Pero la democracia es una cosa compleja que necesita pensamientos complejos y no maniqueísmos, ni las miradas superficiales que a menudo utilizan estos líderes para imponerse. Y para no profundizar jamás en nada (caso de que fueran capaces de hacerlo).

El mundo se halla en una coyuntura atroz que sólo la sociedad civil puede solucionar. Ha llegado el momento de parar cuanto antes esta barbarie organizada por líderes que se han saltado todos los límites, en un ejercicio de supremacismo y de autoritarismo que los iguala con otros momentos terribles de la historia de la humanidad. Y la gente puede hacerlo. No es posible que una sociedad educada, avanzada, que sabe convivir y entender, pueda tolerar estos liderazgos vergonzantes que ponen en peligro a todo el planeta. Ni siquiera se puede tolerar sin sonrojarse la inacción de Europa, con algunos de sus líderes completamente superados por la situación, o que se colocan lamentablemente de perfil. (No hablemos ya de los acariciadores oficiales del lomo de Trump, que no faltan). 

Y sí, es cierto que España ha sido uno de los pocos países que ha dado la talla a nivel internacional (y así ha sido reconocido fuera de este país) ante la deriva provocada por estos supuestos dirigentes que, bien por acción o por omisión, no están a la altura de lo que demanda la Historia. Se trata de un asunto muy serio en el que la libertad no debe ceder un ápice ante la llegada de una nueva política basada, como ha dicho algún asesor de Trump, exclusivamente en la fuerza. Un mundo en el que pierden los mismos y se enriquecen los mismos. Hay dirigentes que incluso comparan la guerra en marcha como un asunto inspirado por Dios, o como quieran llamarlo, con Trump como gran figura redentora, nada menos. ¿Creen que esto es tolerable en el siglo XXI? ¿Podemos tolerar algo así como sociedad? Sinceramente, me parece increíble. Creo que nadie con dos dedos de frente puede dudar a la hora de establecer con claridad la responsabilidad de lo que estamos viendo. Otra cosa es la propaganda, el discurso cantinflesco que Trump suele endosarnos en cuanto tiene oportunidad, alimento para convencidos o para ingenuos. Por no hablar del sermón habitual de los que defienden lo indefendible, sin inmutarse. 

Me tuve que acordar de esa guerra civil de chimpancés que al parecer se ha desatado en Uganda. Con todo el respeto, me tuve que acordar. Parece ser que la paz y la cooperación de una comunidad de chimpancés en el Parque Nacional Kibale de Uganda terminó en 2018, por lo que sea, y, desde entonces, lo científicos han registrado numerosas muertes violentas, muchas de ellas de bebés. No quiero ofender a nadie, pero… Tendremos que hacérnoslo mirar. En la revista ‘Science’, de reconocido prestigio, se han publicado al parecer artículos que creen vislumbrar, en estos comportamientos hostiles, en esta ruptura del orden e incluso de la amistad (hasta 2018 estos animales se cogían de la mano), una señal de cómo se desarrollaron quizás en el pasado más remoto los primeros conflictos humanos. No se desprendan tan fácilmente de nuestro lado animal, permítanme que se lo diga. No nos creamos seres tan superiores. Creo que nuestro cerebro necesita todavía unas cuantas vueltas. Porque, de no ser así, la razón debería indicarnos que la barbarie actual no se diferencia tanto de esa que los chimpancés llevan desplegando largo tiempo en Uganda, y que, por cierto, también parece deberse a conflictos con la territorialidad. Y, por supuesto, a la gestión de los recursos: los grupos crecen y no hay alimento (ni beneficios) para todos. No es por comparar. Es sólo por reflexionar.  

Este sábado estuvimos celebrando en Fisterra, al lado de la Playa de Langosteira, un encuentro poético. Allí tiene un hotel mi amigo Pepe Formoso, en el que dedicaron hace no tanto tiempo una habitación a nuestro gran poeta Juan Carlos Mestre, que llevó su nombre (como homenaje): se trata de un programa que se llama María Viva. Ya les conté en su día algo del encuentro poético que celebramos también allí el año pasado. Y me gusta hacerlo porque sé que la poesía en León representa un gran patrimonio, y también hay aquí maravillosos encuentros poéticos. 

Otra vez se acercó al Fin del Mundo el poeta irlandés Paddy Bushe, gran amigo desde hace casi veinte años, cuando lo conocí en Cork. Luego, he narrado aquí varias veces los festivales musicales y poéticos que celebramos varias veces, durante el solsticio de verano, en la pequeña villa de Waterville. Bushe es un poeta oceánico, un viajero en el tiempo que trae a nuestro presente el mito de Amergin (el druida que presumiblemente viajó desde Coruña hasta Kerry, en el sur de Irlanda, para conquistarla). No hablaré del encuentro (quizás en otra ocasión: ¡esta vez hasta nos acompañó Carlos Núñez!), pero sí me referiré a las palabras de uno de los asistentes, el gran poeta Rivadulla O Corcón, que en su día presentó en la televisión regional un programa muy emotivo sobre los pescadores. Dijo O Corcón: «aquí estamos otra vez, poblando el mundo de hermosura, de belleza, con la poesía, en este extremo de la tierra. Sin hacer daño a nadie. Mientras otros llevan semanas llenando el mundo, una y otra vez, de horror». Me parece una reflexión insuperable. Deberíamos aprender de ella.

Lo más leído