«La palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra palabra». No va de esto la columna, pero quiero citar, antes de que se aleje en el tiempo, el emotivo discurso de Gonzalo Celorio, ganador del Cervantes. De la misma forma que dijo aferrarse a la silla, enredando los pies entre sus patas, nos pegó al asiento desde el inicio, con la despedida de su padre, en su lecho de muerte: «Tú llegarás hijo… Si no puedes, yo te empujo».
Me viene bien hablar de la palabra palabra, ya se ha dicha, leída o escrita. La que hace desaparecer distancias y tiempo, porque no conoce medidas. Lo he comprobado esta semana escuchando a una mujer que hablaba desde el otro lado del agua. Se llama María Victoria Restrepo y la entrevista su hija Cristina, en la sección titulada ‘Memorias de una lectora’. Desgrana historias propias y otras vividas a través de los libros, con una agilidad mental que asombra. Habla de montañas antioqueñas, de provincias españolas que conoció por las descripciones aparecidas en unas novelitas románticas. Habla de un padre campesino, allá en Carolina, que acabó siendo médico y quiso que sus hijas estudiasen, en una época y lugar en que las mujeres no lo hacían. María Victoria va devanando una historia que bien podríamos contar cualquiera de nosotros, del esfuerzo y sacrificio de nuestros ancestros, para dar estudios y sacar de los surcos a sus hijos. Lleva puestas la calma de nueve décadas, la sabiduría de la vida y un collar de perlas. Parece una Pachamama. Una cueva donde meterse cuando graniza. Esa madre grande y anciana protectora de la tierra, mitad mujer mitad montaña, tan fuerte como delicada, capaz de abarcar un continente en un solo abrazo. Tanto me gustó su entrevista que dejé un comentario sobre mi admiración y respeto hacia ella.
Hoy me levanté dispuesta a escribir de la Madre Tierra, como cada año, rondando el 22 de abril. Ese día en que te hablan de ecosistemas sostenibles y una infinita palabrería, en la que poco podemos hacer los nadies, salvo mimar ese metro cuadrado en el que cabe un mundo entero. Pensaba hablar en menudo, de una pequeña guardiana de la tierra, maestra en respetar ecosistemas, sin apenas saber hablar. Pero antes de empezar, abrí un audio que esperaba en mi teléfono, y por increíble que parezca, María Victoria, la Madre Grande del otro lado del mar, me daba las gracias por mis palabras. Eso te hace inevitable cambiar los planes y empezar con la importancia de la palabra palabra. La que no sabe de distancias, fronteras ni horarios, simplemente te alcanza. La que cose continentes y da los buenos días cuando a tí te alcanza la noche. La que usa los mismos grafismos para definir los Cerros de Mavicure y Peñacorada. La que dice agua sin distinguir dulce o salada. Y surco es igual de surco, sin importar en qué tierra.
Hoy, sin pretenderlo, se me unieron dos mundos y dos Pachamamas. La Guainía colombiana y Matueca.
Por todo eso, para hablar de la Madre Tierra, vengo desde la inmensidad de un mar verde formado por nueve ríos, en la Orinoquia colombiana, a un pueblo de León que bebe del Torío. Y cerrando aún más el foco, al corral y cercanías de una casa, llegando a ese metro en el que cabe el mundo entero. Ahí es donde Daniela, aprendiz de Pachamama, ejerce de madre tierra, sin saberlo. Alimenta, protege y juega con un gato blanco y un perro negro. Extiende en el suelo del gallinero paja limpia y seca, para que sus gallinas duerman mullidas y pone orden cuando Bartolo pretende ejercer de gallo, que allí no hay más reina del corral que ella. Y Bartolo, fingiendo seguir siendo bravucón, se rinde ante Daniela y come de su mano. Cuando visita a las vacas, hay un cruce de miradas con el ternero, como unidos por un instinto que les hace saberse igual de pequeños. Bate huevos en pijama y tiene una carroza amarilla con una rueda y dos asas, que su padre llama carretillo. Juega con una pala y un caldero, y seguramente la tierra sonríe y se encoge al sentir las cosquillas de una niña, escarbándola, rodeada de gallinas. Conoce el barro y la lluvia y hasta se hizo amiga de un muñeco con nariz puntiaguda que nació ante su casa, un día de nieve. Monta un caballo negro, aunque Barri asegura ser un perro y comparte escondite y cuento con Tosca, el gato blanco. Recoge pequeños troncos del suelo, para encender el fuego, con su padre indicando cómo hacerlo. Y aunque todo parezca un juego, respeta la tierra en la que vive y el ecosistema de su pequeño mundo, en el que está el mundo entero.
Celebrar el Día de la Tierra es ver a una niña poniéndose de puntillas para alcanzar los dos años, regando las flores del huerto, dando doble ración al pompón amarillo, por ser su favorito, con su madre indicando cómo hacerlo. Así nacen las Pachamamas, como María Victoria y Daniela. Una preciosa anciana y una niña estrenando la vida, con padres inculcando respeto a la tierra, y ayudando, si hiciera falta, como ofreció a Gonzalo Celorio el suyo, en su despedida «… Si no puedes, yo te empujo».