Hasta hace poco toda mi conexión con Groenlandia venía de aquella pegadiza canción ochentera de los Zombies, «Y yo te buscaré en Groenlandia / En Perú, en el Tibet, en Japón, en la Isla de Pascua / Cruzando amplios mares, escalando las montañas descendiendo los glaciares». También de la última temporada de una serie danesa que explica perfectamente lo que está sucediendo: ‘Borgen’. Según su argumento, «la carrera de Birgitte Nyborg, ministra de Asuntos Exteriores de Dinamarca, peligra cuando se descubre petróleo en Groenlandia y la pugna por él amenaza con convertirse en una crisis internacional». Si variamos un poco la frase, nos queda redonda: la Unión Europea y la Otan peligran cuando Mr. Trump y China se pelean por el petróleo de Groenlandia.
Groenlandia, ‘tierra verde’ en danés antiguo, aunque sea más bien blanca que verde. Con más de cincuenta mil habitantes –la mayoría de ascendencia inuit– y cuatro veces la extensión de España, es uno de los territorios más despoblados del planeta. Su capa de hielo regula el clima de la Tierra. Esa capa de hielo que, al derretirse por el calentamiento global, ha dejado al descubierto una enorme riqueza mineral. Y ha hecho que los buitres se ciernan sobre ella: EE UU, China, Rusia.
Aunque Groenlandia los ha esquivado con elegancia ártica. La isla, que perteneció a Noruega y a Dinamarca, cuenta desde los años 70 con un estatuto de territorio autónomo danés. Lo que no ha impedido que EE UU haya intentado comprarla varias veces. Lo intentó en el siglo XIX, cuando adquirió Lousiana a Francia, Florida a España o Alaska al zar de todas las Rusias; volvió a hacerlo después de la Segunda Guerra Mundial. Y siempre ha sido un rotundo no. Gracias a ello, Groenlandia ha permanecido casi intacta: un paraíso de hielo donde conviven osos polares, zorros árticos, focas o ballenas. Un lugar remoto de belleza salvaje, un ecosistema muy frágil y esencial para el equilibrio del planeta.
¿Qué le importa eso a Mr. Trump? Ecosistema, ja. Calentamiento global, ja. Derechos de la población, ja. Europa, ja. El otro día sentí una angustia indecible cuando vi los rostros de la ministra de Exteriores de Groenlandia y su homólogo danés en la conferencia de prensa tras las amenazas del presidente estadounidense. Traslucían preocupación, pero, sobre todo, miedo. Me imaginé a Mr. Trump camino de Davos, arreglándose el nudo de su sempiterna corbata roja tarareando la canción de los Zombies. Una letra que parece escrita para él: alguien que busca petróleo y tierras raras por doquier sin importarle qué fronteras tenga que cruzar ni qué población avasallar ni qué paisaje destruir. «Y yo te buscaré en Groenlandia / En Perú, en el Tibet, en Japón, en la Isla de Pascua / Cruzando amplios mares, escalando las montañas descendiendo los glaciares». (Y me doy cuenta con horror de que acabamos de empezar el año y esta ya es mi segunda columna sobre Trump).