Gritar a veces es el único verbo que nos queda por conjugar, como un golpe sobre alguna mesa de despacho que ni siquiera alcanzamos a ver. Y es lo que Las Médulas quiso hacer, empoderadas sus entrañas rojas, mirándose al ombligo de sus castaños quemados. Siempre fueron estampa de postal e historia, pero ahora son también testigo del abandono disfrazado de impulso. Patrimonio de la Humanidad, huella romana, lección viva del pasado, Las Médulas exhiben hoy su vulnerabilidad con marchamo. Da igual la lista de galones cuando sentencian las llamas, que no distinguen entre tú sí y tú no. Y allí fue un sí rotundo, en medio del llanto de vecinos que siguen recordando que los reconocimientos de la tierra que pisan no significan nada frente a una brújula que los coloca en la esquina de todas las cosas. Y desde ese rincón han decidido no seguir callados y defender su realidad. Se ven con las sayas de mayo quemadas, con muros caídos que nadie ha venido a levantar, con los teléfonos casi en huelga y las aguas aún tocadas por la tragedia. Casi un año ha pasado desde que el fuego se sentó a rumiar su victoria en el corazón de Carucedo, incansable tras su maratoniana ruta de destrucción desde La Cabrera. Y Las Médulas han querido retratar su realidad: la de un sumidero por el que se escapa un futuro todavía por tallar y que algunos han intentado tapar con cemento de billetes. Pero el dinero no encaja en el agujero que arremolina los cuartos y la fuga continúa, dicen las voces que pacen en el territorio.
La semana ha sido de contrastes en Las Médulas. Calleja volvió a pisar tierra amiga, la suya, porque su huella conquista. Y El Bierzo es tierra conquistada. El aventurero leonés regresaba a casa doce años después de escogerla para encabezar un proyecto volador. Y volvió desde el aire para compartir la espesura de la rabia. La tragedia que arrancó gargantas y vidas. Calleja volvió a regalarnos esa cercanía que contagia verdad. Un calor humano que contrasta con las visitas oficiales, con las corbatas apresuradas y sordas del blablablá vacío. Tal vez tengamos la desventura, en este rincón de frontera, de tener una sola cara y darla, aunque nos la partan. Somos gente de compromiso y palabra, de contratos sellados con un apretón de manos. No prometemos lo que no podemos cumplir. Y premiamos la reciprocidad de ese ADN nuestro, aunque no siempre la encontremos. La seguimos buscando. Y sabemos cómo hacerlo. Juntos. Con esa voz que grita que el patrimonio natural no es un museo: es nuestra casa. Y está herida. Quemada. Después de un año, todavía huele a ese humo que se queda atrapado en la garganta. Y aún ahoga.