26/04/2026
 Actualizado a 05/05/2026
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Escribía Milan Kundera en ‘La insoportable levedad del ser’ que «el primer ensayo para vivir es ya la vida misma», pues cada persona «lo vive todo a la primera y sin preparación, como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo». La filósofa María Zambrano veía en este actuar a ciegas el núcleo trágico de la condición humana, expresado para ella en la imagen de Edipo, el rey de Tebas que se arrancó los ojos al percatarse de que, ignorante de sí mismo, había matado a su padre y se había casado con su madre. El peso de la existencia, sugería el escritor checo en su célebre novela, reside en esa ceguera edipiana, en la libertad radical del individuo que debe decidir constantemente qué hacer con el tiempo que se le ha dado sin saber con certeza hacia dónde lo conducirán sus pasos. En consecuencia, la ligereza —o ‘spensieratezza’, como la llaman los italianos, un estar ‘senza pensieri’— es asimismo una aspiración irrenunciable para todo ser humano.

Mariano De Santis, presidente ficticio de la República italiana en ‘La Grazia’, la última película de Paolo Sorrentino, encarna esa tensión entre el anhelo de levedad y el peso inevitable de la existencia, acrecentado en su caso por la responsabilidad del cargo. De firmes convicciones democráticas y humanistas, más cercano a Sergio Mattarella que a Silvio Berlusconi, este líder serio y apático que se toma su tiempo para tomar decisiones trascendentes para el futuro de su país representa lo contrario de la espectacularización de la política contemporánea. A punto de concluir su mandato, vacila si conceder el indulto a dos presos —un hombre que asesinó a su mujer con alzhéimer por amor y una mujer que mató al marido que la maltrataba— y, sobre todo, si firmar como católico una ley de eutanasia en una Italia muy marcada aun por la influencia de la Iglesia.

De Santis ansía esa ‘spensieratezza’ y la roza, quién sabe si fugazmente, en una de las escenas más hermosas de toda la filmografía de Sorrentino. Una imagen onírica, casi ‘felliniana’, en la que el personaje de Toni Servillo flota sin gravedad en el interior de una nave espacial, imitando al astronauta italiano con el que intentaba conversar al inicio de la película sin éxito, preso de una fascinación muda ante la posibilidad de habitar la levedad, de llorar en el vacío y de reírse de las lágrimas propias, transmutadas en ligeras perlas transparentes suspendidas a miles de kilómetros del mundo. El protagonista ha comprendido que solamente aprendiendo a habitar la ‘grazia’ —que no es solo el perdón que la Constitución italiana reconoce como prerrogativa del presidente, sino la belleza de la duda, como él mismo la define— es posible aligerar la carga que conlleva todo vivir. Algo difícil de asumir para un jurista de formación que, como se permite criticarle su ‘colonnello’ después de pedirle permiso para ello, está «obsesionado con la verdad» en un mundo que no la tiene y en el que la vida, con todos sus matices, nunca cabe del todo en los sistemas de razones que conforman el código penal.

A ‘La Grazia’, estéticamente menos barroca de lo habitual en la filmografía del italiano, solo puede reprochársele esa idea, tan sorrentiniana como conservadora, de que la vida es decadencia irreversible, una lucha constante contra los recuerdos de un pasado que siempre se manifiesta en la memoria mejor de lo que fue. Sus personajes, desde el Jep Gambardella de ‘La gran belleza’ (2013) hasta la protagonista de ‘Parthenope’ (2024) en su madurez, pasando por el propio De Santis, parecen haber renunciado a buscar la belleza en el presente, como si esta fuese un privilegio exclusivo de la juventud.

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