Hay victorias que solo celebran quienes llevan la camiseta del campeón. Otras despiertan una alegría que atraviesa fronteras. La de España frente a Argentina pertenece a esta segunda categoría. En muchos lugares se celebró no solo el triunfo de una selección, sino una manera de competir: con talento, serenidad y sentido colectivo. Quizá también se celebró la derrota de otra forma de entender la rivalidad, marcada por la agresividad y el mal perder.
Argentina acudió al Mundial acostumbrada a ganar. Sin embargo, algunos jugadores confundieron carácter con hostilidad, intensidad con violencia y orgullo con arrogancia. Las faltas, los enfrentamientos posteriores y el gesto de dar la espalda durante la celebración española proyectaron una imagen que perjudicó a la selección.
Sería injusto convertir esas conductas en un juicio contra Argentina. Muchos aficionados aceptaron la derrota con dignidad, su prensa reconoció la superioridad española y algunos jugadores felicitaron al campeón. La crítica debe dirigirse contra una forma de competir que acepta cualquier conducta para ganar.
España ofreció una imagen distinta. No porque sus jugadores fueran perfectos, sino porque predominó una idea: ninguna figura estaba por encima del equipo. La juventud aportó atrevimiento; la experiencia, serenidad; y el entrenador ejerció un liderazgo firme sin convertirse en protagonista.
El campeonato tampoco nació de una noche afortunada. Luis de la Fuente conocía a muchos futbolistas desde las categorías inferiores. Detrás de la copa hay años de formación, confianza, derrotas y trabajo silencioso. Los campeones se forman mucho antes de levantar el trofeo.
La sociedad española también dio una lección. Millones de personas salieron a celebrar y la gran fiesta de Madrid transcurrió sin alteraciones graves del orden público. Hubo alegría y orgullo, pero no una ciudad entregada al vandalismo. Aunque se produjeron incidentes muy aislados en España, la convivencia fue la imagen dominante. Gracias a Dios, demostramos que se puede festejar sin destruir y expresar orgullo sin convertirlo en fanatismo.
Durante unas horas desaparecieron muchas etiquetas que nos separan. Personas de distintas edades, ideas y procedencias compartieron una misma alegría. Tal vez nuestros políticos deberían observar esa imagen con humildad. Mientras la selección demuestra que el talento crece cuando se pone al servicio del equipo, demasiados dirigentes anteponen el partido, el enfrentamiento y el interés personal al bien común.
España levantó la copa y conquistó algo adicional: la simpatía de personas que no vestían su camiseta. Nos enseñó a competir, a trabajar durante años y a celebrar unidos. Ahora falta que quienes nos gobiernan aprendan la lección.
Podemos ganar una discusión, una elección o un campeonato y perder el respeto de quienes nos observan. El verdadero éxito no consiste solo en derrotar al adversario, sino en lograr que incluso quienes no estaban de nuestro lado reconozcan nuestra victoria como merecida.
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