Si Calderón de la Barca levantara la cabeza, se asombrarían de hasta qué punto el panorama político español del siglo XXI se ha convertido en una trama de enredo que daría pie a incesantes comedias en las que el honor se arrastra por la alfombra roja del Supremo como un felpudo de insensatez e impostura.
Tenemos un menú variado. Las tramas antiguas del PP, Kitchen y Púnica, son como una dieta blanda, recetas inapetentes con personajes sin sal, desmemoriados. Nada les consta, nada recuerdan, nada saben. Consomé envenenado.
El llamado «caso mascarillas» es todo lo contrario, un plato fuerte, difícil de digerir, porque duele pensar que, mientras miles de españoles sufrían durante la pandemia del coronavirus, mientras perdíamos a amigos y familiares, una banda criminal que en ese momento estaba al frente de la situación, aprovechaba el confinamiento y el miedo para lucrarse y hacer negocio a costa de nuestro dolor.
Uno ve declarar al trío y humanamente siente cierta compasión. Ábalos, ese hombre enamorado desahuciado de sí mismo. Koldo, el amigo para todo en la ciudad sin ley. Aldama, un caballero arrepentido que se autopercibe como un Robin Hood contemporáneo, quizás el más sincero, acierte o yerre en sus apreciaciones.
Como dice el fiscal Luzón, todos deberían cumplir las penas que el tribunal considere por el buen funcionamiento de la democracia. No debemos dejarnos llevar por la piedad. Hicieron mucho daño. Lo siguen haciendo. Decía Calderón: «Si yo errare este papel, no me podré quejar de él, de mí me podré quejar». Se cierra el telón.
Y por si este escenario diera poco asco, llega a España en barco el hantavirus. Por mucho que la ministra Mónica García trate de calmarnos diciéndonos que estamos a salvo, logra lo contrario al reconocer que su mortalidad se eleva al 50% en humanos. Ver a Fernando Simón nos retrotrae a la peor de nuestras pesadillas. No me digan que no somos, España entera, puro teatro.