02/07/2025
 Actualizado a 02/07/2025
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Sería fácil dedicar todo este espacio de opinión a hablar de la porquería del entramado político que impera en nuestro país mientras muchos palmeros todavía se apresuran a defender lo que es prácticamente indefendible. 

Que el presidente aviador –como diría el director adjunto de este periódico– no haya dimitido o convocado elecciones después de salir a la luz los estrafalarios trapos sucios de algunos de sus hombres más cercanos –y los que probablemente queden por salir– es hasta de vergüenza ajena, porque es imposible empatizar con él. Sin embargo, al mismo tiempo, es de alabar su entereza para seguir presidiendo el Gobierno tras un escándalo así. 

Ojalá la magia que emplea el presidente aviador la hubiesen aplicado él o cualquiera de sus miembros del Gobierno para evitar el más que probable adiós de la industria azucarera en España y, más en concreto, la muerte casi segura del sector remolachero de la provincia de León. Mucha voluntad política y unión institucional nos han vendido también desde Valladolid, que no ha frenado que una multinacional que se ha beneficiado durante muchísimos años del cultivo de la remolacha de la provincia de León –siendo la mayor productora de toda España– ahora vea cómo de la noche a la mañana en apenas un mes todo su futuro se va por la borda, especialmente el de una ciudad como La Bañeza. Pero bueno, supongo que es lo normal cuando todo tu futuro lo marcan desde una institución que ha sentenciado dicho cultivo al permitir que la multinacional comience a refinar caña de azúcar en alguna de sus plantas asentadas en Castilla y León en lugar de seguir tirando de remolacha. Igual pensaron que en el Páramo nos iría mejor con el cultivo de la caña de azúcar...

Lamentablemente, en mi mano no está la solución ni para éste ni para otros muchos problemas que deberían avergonzar a cualquier persona y que me hacen imposible defender cualquier color político. Y lo triste es que sólo puedo resignarme o destilar ira y fuego mientras escribo estas líneas. 

Por suerte, ya he tenido la fortuna de evadirme esta semana y resucitar un verano más en la costa de A Mariña lucense para disfrutar de un festival de metal donde todo es buena gente, aunque para el resto, probablemente, todo son estereotipos. Ahora toca volver a la realidad de la triste sociedad que nos está quedando. Graciñas, Viveiro.

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