05/05/2026
 Actualizado a 05/05/2026
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Teniendo en cuenta la fecha que acabamos de pasar, quiero aprovechar para hablar del trabajo y de los trabajadores. Mucho se ha dicho sobre el tema durante estos días y yo no voy a incidir en eso, solo quiero aprovechar este rinconcito que me dejan, para poner en valor a todos esos profesionales que, con su esfuerzo y buen hacer, te hacen la vida mejor. 

A todos nos ha pasado: necesitas algo y dependes de otra persona para conseguirlo. Puede ser algo más o menos irrelevante, como, digamos, comprar una barra de pan, o algo más trascendente si hablamos de temas médicos. En cualquier caso, da igual, ahí está, esa persona de gran sonrisa y mirada amable que te escucha atenta, dispuesta a guiarte para que puedas resolver tu problema. De voz dulce, no te interrumpe ni te mete prisa. Espera paciente a que expongas lo que necesitas; pregunta con delicadeza si no ha entendido algo, porque en según que circunstancias, uno va nervioso y se explica rematadamente mal. Pero, como he dicho, lo hace con tanto tacto, que no te hace sentir estúpido, al contrario, te transmite la confianza necesaria para sentirte bien y continuar. Finalmente, con un leve asentimiento de cabeza, ese ángel con el que has tenido la suerte de dar, te toma de la mano y te conduce hasta la solución. A veces es algo tan sencillo cómo explicarte qué tipos de panes venden, ayudarte a guardar la compra en una bolsa o darte una cita. Otras, son cosas más trascendentales, de los que no hace falta poner ningún ejemplo porque, por desgracia, todos hemos vivido alguna. A todas esas personas, profesionales de su campo, no simples realizadores de una actividad hasta una hora establecida; a todos los que dan lo mejor de sí mismos, independientemente de cómo se encuentren ellos y de los problemas que puedan estar pasando; a todos los que alguna vez se han dirigido a mí con una sonrisa en la mirada y una palabra afable; a todos los trabajadores que se esfuerzan en que las cosas funcionen; a todos ellos, gracias. 

Gracias, de corazón, por estar ahí. Gracias por ser un faro de esperanza en un mar de mediocridad. Gracias por vuestra dedicación y entrega. Gracias por hacer que la vida de una desconocida fuera un poquito mejor el día en que nos cruzamos. Gracias por tratarme como a un ser humano y no como a un cliente. Gracias.

Lo mejor de cruzarse con estas personas, es que esta actitud es contagiosa. ¿No les ha pasado? Te topas, por el motivo que sea, con alguien desagradable y que te trata como te trata y acabas cabreado y con ganas de mandarlo todo a la mierda y ¡qué trabaje Rita! Pero si, por el contrario, el trato ha sido cordial, continuas la jornada con ganas de hacer sentir a los demás tan bien como te han hecho sentir a ti. Además, normalmente, esto no exige gran esfuerzo. ¿Qué les parece? ¿Probamos hoy?

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