23/11/2022
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Recogieron las hojas y pasaron el rastrillo antes de que los niños salieran del colegio. Nunca había visto un parque así, sin huellas de correteos, de primeros pasos, de a gatas todavía con cubos de arena, de saltos, de carreras, de mira papá qué rápido, sin huellas de berrinches en el suelo que en nada se parecen a las siluetas de ángeles hechas en la nieve; nunca había visto uno así, de antes de la manzana y el pecado original, de recién estrenada la Creación, cuando Adán y Eva eran novios aún. Más que un parque infantil, cuando llegamos, parece un jardín zen con sus surquitos de tiralíneas. Este orden de paraíso, que apenas dura lo que tardan en soltarse de las manos, es un lienzo en blanco, una página que invita a trazar en ella.

Observo a León. Hoy no se ha subido a las ramas del madroño ni baja por el tobogán. Ha cogido un palo, pero hoy no es espada ni pistola, esta tarde, ese palo es lapicero y la arena es una cartulina. Se sienta en el suelo y concentrado, más que cuando ve dibujos animados, una por una escribe las cuatro letras de su nombre, con un palo, en la arena: L E Ó N. En mayúsculas, no olvida la tilde. Me mira y sonríe triunfal como cuando me gana y llega primero corriendo a casa. Yo lo miro y también sonrío y casi las lágrimas y aplaudo y grito: ¡bravo, León! ¡Ya sabes escribir tu nombre! Es viernes y sin venir a cuento me viene un verso de Salinas: «Mi afán era saber cómo es tu letra cuando el alma escribe». Soy feliz. No llueve.

Qué momento, qué revolución en la vida de un niño cuando descubre las letras y el orden adecuado de las letras y desvela el misterio que encierran las letras y el milagro, mayor aun que el de transformar el agua en vino, de escribir “mamá” y ver cómo en esos trazos recién aprendidos aparece mamá, la de cada uno. Sí, ese momento de puro asombro, magia, posiblemente sea el instante en que más cerca se esté de la felicidad pura, cuando se nos revela que en la palabra mamá está mamá. Ahora que lo he visto desde fuera (pero nunca más dentro), puedo decir que es el momento más luminoso de una vida. Ahora que lo he visto en mi hijo, quiero renovar mi gratitud eterna a quienes nos enseñaron a escribir y enseñan a escribir a nuestros hijos. Gracias a maestras y profesores, por vuestra vocación, por vuestra generosidad, por vuestro tiempo, por hacernos el maravilloso regalo de aprender. GRACIAS.
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