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Gracias por una visita tan oportuna

16/06/2026
 Actualizado a 16/06/2026
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La visita del Papa León XIV a España ha dejado muy buen sabor de boca tanto a los españoles como al ilustre visitante. Ciertamente, ha sido para muchos una más que agradable sorpresa. Era inimaginable que nuestros políticos lo escucharan con tanta atención en una sede parlamentaria tan acostumbrada a broncas y polarización, y le dieran tan largo aplauso, a pesar de que a unos y a otros les dijo cosas que quizá no fueran agradables a sus oídos. Tal vez se quedaba cada cual con lo que más le favorecía y dedicaba al adversario lo que intuía que iba contra él. Pero, sobre todo, la forma de decir las cosas del Papa, con delicadeza, con argumentos razonables, con verdadera autoridad moral, con valentía y con la seguridad de una persona muy bien formada, y al mismo tiempo humilde, justifican con creces la reacción de los parlamentarios. Otra cosa es que le hagan caso, pero algo se habrá de notar.

En realidad el Papa no ha dicho nada nuevo que no hayan dicho sus predecesores o que la Iglesia no proclame en el día a día, pero la forma y el contexto de los mensajes del Papa le han dado un realce especial. Lo que ha hecho el Papa, de forma espléndida, es poner de relieve el valor del mensaje del Evangelio y de la Iglesia, la gran aportación de la Iglesia española al mundo y a la sociedad, al arte y a la cultura, a la ayuda a los más necesitados, de la defensa de los derechos humanos, precisamente en nombre de la fe cristiana. Nos ha dado un gran repaso por la historia, pero también  ha permitido que salgan a la luz tantas cosas buenas del presente: miles de jóvenes que sienten cómo Dios llena sus vidas, miles de voluntarios que entregan su vida y su tiempo a ayudar a los más desfavorecidos... Precisamente en este momento la voz del Papa y de la Iglesia es una voz profética para denunciar todo aquello que no tiene en cuenta la dignidad de cada persona humana. Hoy día la mayoría de los mandamases  del mundo son aun auténtico desastre. Hace falta, y lo tenemos, un gran liderazgo mundial.

Resulta fácil conmoverse ante una obra tan impresionante como es la Sagrada Familia, pero fácilmente podemos olvidar que es fruto de la fe en Jesucristo, que inspiró a un genio llamado Antonio Gaudí para que la expresara en la piedra y que esa torre más alta del mundo  es la dedicada a Jesucristo, el Señor de la historia. Sin esa fe en Él no existirían nuestras catedrales y tantas y tantas obras de arte y de amor al prójimo. Ya es hora de abandonar sectarismos y complejos y de reconocer al “Señor de la historia”.
 

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