Desde dicha escucha, rebotó en mi cabeza aquel amenazante «te vas al rincón de pensar». Me hizo recordar, por semejanza, cómo en mi infancia el rincón, si lo había disponible, o la pared, más abundante, era lugar de condena donde se cumplía la pena de «mirar a…». Y, como siempre, pensé que quizás de ahí nos venga nuestra limitación a sólo ver, que de ahí proceda, entre otras causas, el poco uso y disfrute de las más elevadas posibilidades, placeres, que nos garantiza el sentido de la visión: mirar, admirar, contemplar.
Navegué por la red en busca de reseñas sobre el «rincón de pensar». En casi todas las páginas visitadas me encontré referencias al ‘time out’ (tiempo fuera, ¿expulsión?; tiempo libre en su versión edulcorada) y en casi todas presentado como eufemismo –vaselina lingüística– de castigo. No me cabe duda que hay conductas merecedoras de castigo adecuado, incluso de la «bofetada pedagógica» en el sentido defendido por Savater.
Sí me cabe duda y más sobre la asociación de la acción de pensar con el concepto castigo. Cómo lo que nos hace racionales va a formar parte de una sanción que se quiera educativa. ¿Dónde la capacidad de diálogo («plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos», esplendorosa fijación del DRAE) de quien educa o la ha abandonado o delegado? ¿No exige éste también del pensamiento? ¿Y mientras el reo se encuentra en el rincón, quién le enseña las bondades del comportamiento correcto? ¿Quién le descubre al educando esa colección de pensamientos que son farmacia donde se encuentra remedio a todos los males, que diría Voltaire? Enseñemos el gozo de pensar, de reflexionar, de ser racional. Humanos.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.