«Somos la última generación de locos, somos la última generación que queda… y le cantamos al presente y a la vida, a la alegría, a la tristeza y al amor. Nuestras palabras son todo sentimiento. Nuestras canciones nacen en el corazón. Somos la última generación que canta. Somos la última generación que sueña. Estamos hechos de emoción y de ternura… Somos la última generación sincera».
De tal manera, casi a modo de lamento gospel, desafía Sole Jiménez, en su último álbum ‘Ser humano’, a la fría irrupción de la IA en el mundo creativo. Esa presencia casi omnisciente que ha venido a ayudarnos, no a fagocitarnos. A complementarnos, no a vivir de las rentas de nuestra comodidad insatisfecha.
Afortunadamente, el ser humano siempre se ha resistido a perder su libertad creadora. Dentro de ese innumerable repertorio de manías que traemos de serie, hay una que destaca sobre el resto: el afán por la libertad en cualquiera de sus presencias.
El otro día presenciaba el libre albedrío de una pequeña gallina negra que se le escapó a un muchacho durante la limpieza rutinaria de un corral. Subida al tejado, un gato gris la acechaba ávido de zampársela. Por momentos parecía lograr su propósito, pero la bípeda, en medio de su perplejidad, lograba zafarse de el peligro. No supe del final de su destino, porque abandoné el lugar antes de conocerlo. Pero sí celebré la rebeldía de la que supo escaparse de la prisión donde la tenían sometida.
Algo parecido nos pasa a las personas. Cada vez que pretenden trancarnos la creatividad, esta se las arregla para sobrevolar los límites y reclamar su espacio.
«No ‘pienso’ como un ser humano, sino que analizo textos y genero respuestas basadas en patrones aprendidos». Así, literalmente, se autodefine el Chat GPT al preguntarle por su razón de ser como sistema de IA.
Inquietan esas comillas que aprisionan el ‘pienso’. Parece una trampa. El gato gris que acecha amenazando con devorar la ligereza de la mente que vaga en busca de rutas creativas nuevas.
Por eso, a veces me resisto a acudir a la IA para que me ayude en mi día a día. E intento zafarme de la noria mientras me dejo llevar por las consignas de la canción de Sole:
«Son nuestras voces un grito de guerra, en la batalla por la creación, no somos máquinas al ritmo de algoritmos. No somos fruto de la programación».
Es quizá esa rebeldía la que nos ha ido salvando de los peligros que nos han venido acechando, y seguirán haciéndolo, derivados del mal uso de la tecnología, la que pretende uniformarnos y someternos al yugo de la noria que da vueltas, como ese burro que se somete a golpe de rebuzno: ‘IAAAAA’.