Mi madre es una de esas personas. Una mujer inteligente que apenas pudo acceder unos pocos años a los rudimentos educativos, pero es más educada que nadie que conozca; que escribe con una letra titubeante porque gastó la mayoría de su niñez y toda su juventud fregando escaleras, atendiendo un mostrador de abastos o remendando ropa para ayudar a mantener una familia numerosa y pobre. Dotada de una enorme capacidad, bien evidente en habilidades que aprendió casi sin maestros, a menudo la imagino como la modista creativa y moderna que siempre fue, aunque solo pudiera atender a clientas que en ocasiones parecían menospreciarla por el mero hecho de pagar su trabajo a escondidas del fisco y en casa. Una mujer valerosa que sacó adelante a cinco hijos sin apenas ayuda de su marido o de esos mismos hijos, que considerábamos su obligación natural atendernos a todas horas. Una heroína en un mundo gris y cotidiano. Como tantas. La mía.
Hace años llegué a creer que esa ‘generación sometida’ merecía esa compasión algo condescendiente de la que hacía gala yo mismo porque solo las circunstancias históricas eran culpables de su reducción a la modestia invisible de un cimiento sin el cual no nos alzaríamos hoy, tan vanidosos. Hoy, cuando mi madre cumple ochenta años y sigue cocinando sus exquisitos platos los festivos que acudimos a verla, sonriendo a la mínima oportunidad, bregando para quienes tienen más y más fuerza que ella, dando zancadas apresuradas por una ciudad de la que apenas ha salido, preocupándose de todos antes de hacerlo por ella misma… cuando la veo rodeada de sus nietos y sus hijos (también mi hermana aunque no esté), poseedora de tanto como la debemos y no pagaremos nunca, siento compasión por nosotros. Aunque no mucha aún, porque aún la tenemos y nos sigue cuidando. Feliz cumpleaños, mamá.
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