Cristina flantains

La generación diamante

07/10/2026
 Actualizado a 07/10/2026
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Y la rueda que gira y gira sin parar. Llega el otoño, el inicio del oscurecimiento de la luz, matizados los colores, la vuelta a la tierra, al silencio, a la paz. El final del verano recala casi como si fuera una bendición. Atrás queda el olor a calamares fritos de los chiringuitos playeros, las sillas calientes de las terrazas de los bares, las estaciones de trenes resignadas a estas hordas que ya nada tienen que ver con el viajero, las playas atestadas de gentes, los centros de las ciudades más turísticas sometidos a la vergüenza del espectáculo, exhibidas como animales exóticos, desprovistas de sus gentes, de su ánimo, sacadas de la ecuación de la vida para convertirse en mera estrategia de mercado. Los no lugares haciendo patria hasta en los contenedores de basura.

Cómo nos gusta la sensación de movimiento de la rueda a falta de algo con más veracidad, aunque la realidad sea que no nos hayamos movido ni un milímetro de nuestra poltrona de ciudadanas del primer mundo. Y cómo nos gusta pagar el peaje del sobreexceso de gasto que suponen todos estos asuntos veraniegos que, permítame que lo exponga tan crudamente, dudo mucho que sean amortizados, es decir, que haya un equilibrio real entre lo que nos cuestan y lo que nos aportan, en la mayoría de los casos. Pero que no dejan de ser la prueba de que estuvimos allí, en movimiento, prueba que, por otro lado, suele durar justo hasta las vacaciones del año siguiente: doce cómodas mensualidades, junto con los álbumes de fotos de Instagram. Y es que la rueda, en su supuesta monotonía de equidistancias, tiene la virtud de dejarte ver lo que desees: una espiral desde donde puedes practicar la caída libre sin arriesgar ni un pelo. Como en la espiral de Fraser. El vértigo, la emoción de trasgredir espacios, la locura del movimiento. Casi sin moverte. Curiosa contradicción la de la rueda.

El caso es que ahora mismo la sensación vuelve a ser de cambio; llega el otoño. Aunque ese cambio sea volver a la rutina, algo se ha acabado y otro algo empieza, precioso antídoto para la ansiedad que nos ha procurado la hiperactividad veraniega. Ojalá que lo que acabara no fuera solamente la época estival y fuera: La crisis en Gaza, el Líbano, Irán. La guerra civil de Sudán. Las brutales hostilidades en el Sahel y África subsahariana. Las locuras de Trump. La amenaza de la IA, la violencia contra las mujeres, las ancianas, las niñas, los niños. El fuego que nos abrasa, aunque a NADIE le importe, la vivienda, la exigencia loquísima de las nuevas modalidades de trabajo… Qué pena que todo esto no tenga que ver con la rueda, que todo lo mueve con naturalidad. Que solo tenga que ver con esa manera que tenemos los seres humanos de ocupar el mundo: histriónica, antipática, egoísta, frívola, violenta, antinatural… Qué pena que esta sensación tan falaz de movimiento que tenemos, y que extraemos de la inercia de la rueda, no seamos capaces de trasladarla al plano de las realidades, prisioneras de la peor de las desidias. Qué pena que solo sepamos salir de nuestra «zona de confort» para ir de vacaciones, al dictado del mandato consumista. Y que encima extraigamos de este gesto la sensación de estar acompasadas con cualquier movimiento al que, con toda seguridad, somos ajenas.

Parece ser que con el otoño llegan unas nuevas elecciones nacionales. Están en perfecta sincronía con la rueda. Me perturba horrores oír a esos jóvenes valientes gritar que «Madrid será la tumba del fascismo», como ocurrió en ese mismo Madrid en noviembre del 36 cuando se resistía el avance de las tropas golpistas, sublevadas y nacionalistas. 

Esos jóvenes a los que les habíamos puesto el sobrenombre de «generación de cristal» porque nos parecía que cualquier cosa les iba a romper. Nuestros hijos e hijas, tan criticados… parece que se han hartado de que sus padres y sus madres sean como los personajes del Mortadelo y Filemón y se manifiestan por las calles de España en su estatus de generación mejor preparada que nunca ha tenido este país. Son los y las mejores. Parece que sí son de cristal, de un cristal singular también llamado diamante.

Ojalá todo cambie, sí, para todos y todas y para mejor. Ojalá este otoño nos regale el movimiento y podamos avanzar en derechos y deberes. Y cuando hablo de mejor, lo digo en el sentido estricto de la palabra. Y cuando hablo de todos y todas, no me dejo a nadie fuera de esta mención.

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