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Gaza, cerrar los ojos o llorar

03/08/2025
 Actualizado a 03/08/2025
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Los últimos vestigios de Gaza se apagan día tras día. Las Naciones Unidas advierten que millones de civiles están atrapados en un espacio reducido luchando contra el hambre, la enfermedad, el desplazamiento constante y la desesperación. En los pasillos de los pocos hospitales que aún sobreviven precariamente en la franja de Gaza se dibujan los rostros de una catástrofe humanitaria sin precedentes, incluso si retrotraemos la mirada en los campos de concentración nazis de Auschwitz, Mauthausen o Dachau, que ya es decir como ejemplo de atrocidad y exterminio. Lo reflejan esos niños gazatíes que luchan contra la desnutrición aguda, y las madres que, por padecer aún más hambre, impide amamantarlos. ¿Cuántos niños más han de morir todos los días antes de que el mundo de pompa y circunstancia israelita se conduele para auxiliarlos? ¿Cuándo los judíos con saña y sin corazón renuncien adorar a su ángel exterminador? Confieso con los ojos llenos de lágrimas que se me baja el alma a los pies solo de pensarlo.

En los últimos días, el Ministerio de Sanidad de Gaza ha registrado 101 muertos palestinos por desnutrición, 15 de ellos en un período de 26 horas. Al menos 80 de ellos son niños. Esto es: “¡¡hijos de padres palestinos y por eso tan culpables como ellos de la salvajada de Hamás el 7 de octubre de 2023!!”, que es motivo-respuesta de la actual masacre israelí. Resulta inútil exclamar: ¡no maten por ello a nuestros niños, por favor!, ¡tengan piedad por su vida, que no son culpables de nada! Estas palabras, cargadas de dolor, salieron de la boca de una madre palestina conmovida por la situación de una amiga y sus dos hijos tirados en la calle recogiendo restos de comida como único sustento, tras agotarse los suministros del comedor en un campamento improvisado de desplazados.

Bajo un cielo abrasador, cientos de personas —mujeres, hombres y niños— hacen fila o, más bien, tumulto en Gaza con la esperanza de tener comida que apenas les calme el hambre. Cuando llega el alimento, la espera se transforma en una lucha desesperada por alcanzar unas migajas o volver con los platos vacíos. El plan israelí-estadounidense de distribuir ayuda a los hambrientos gazatíes es un sistema humillante que obliga a las personas hambrientas a caminar decenas de kilómetros para recibir alimento. La oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) ha señalado que los palestinos que buscan comida desesperadamente —como lo desvelan las terribles imágenes que se ven en televisión— son blanco de disparos diarios por parte de las fuerzas israelíes. Entre el 27 de mayo y el 21 de julio pasados han muerto en Gaza 1054 palestinos a manos del ejército israelí, mientras intentaban acceder a alimentos transportados por los pocos camiones que se permite entrar en Gaza. Y son ya cerca de 61.000 los asesinados por Israel y otros muchos los amenazados de muerte por las armas o la desnutrición.

La desesperación llega hasta tal punto, que Zanut, una joven palestina que sobrevive precariamente con sus hijos en una frágil tienda de campaña ha dicho: “Si no termina ya esta tragedia, pido por favor que todos los países del mundo se unan y nos lancen una bomba nuclear para acabar con nuestra miseria, porque ya estamos hartos de esta vida”. 

Resulta abominable que el poder israelí, no solo esté en contra de un hipotético Estado palestino, sino que pugne por el exterminio total de los palestinos (a imitación de lo que determinó el nazismo contra los judíos). Y todo ello con el consentimiento y apoyo de los EE.UU de Trump, y una Alemania desentendida por hacer lo que hizo siendo nazi. ¿Pero, por Dios, qué mundo es este?

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