Llegados a este punto, lo lógico sería que dentro de dos años, cuando el PP cumpla cuatro décadas gobernando Castilla y León, la Junta nos reconozca el mérito con la insignia de oro y brillantes, como a los socios veteranos de un club de fútbol. Algo simbólico, tampoco vamos a volvernos locos. Que sea un premio a la constancia, un reconocimiento al pase lo que pase, aquí PP.
Por si había dudas, el pasado domingo confirmamos –salvo repetición electoral– que en este cogollito seguimos siendo la reserva moral y espiritual del partido conservador español. Toda una vida. Y, además, creciendo. Lo de Igea en 2019, mejor no recordarlo.
A mí me pasa lo mismo que a Nuria Rubio: cuando nací, ellos ya estaban aquí. Con Aznar presidiendo y las cortes en Fuensaldaña. De aquellas el mensaje llegaba por radio, con aquella cancioncilla de ‘Nueve provincias, una comunidad’ que no llegó a calar en tierras cazurras pero que algunos hemos cantado en plena noche de verbena. La Junta no es una institución: es un paisaje. La infancia no sería lo mismo sin ese picorcito esperando que te dieran plaza en los campamentos que organizabala comunidad con la certeza –bastante fundada– de que nunca te tocaría el viaje internacional. Aventuras en El Espinar entre pinos, lo más lejos.
La autonomía vive en ese PP ‘state of mind’ de manera naturalizada hasta el punto de que decir Junta de Castilla y León es decir PP. Son la misma piel. Tu padre se encendía el Ducados con un mechero de la gaviota que arrampló en un ayuntamiento rural y tú hacías cola para vacunarte en un edificio puramente soviético cuando llegaron las competencias sanitarias. Muchas cosas han cambiado, es verdad. Pero ésta sigue siendo tierra de gaviotas tan lejos del mar.
El chasco de no conseguir plaza en los campamentos guais de la Junta se parece bastante al de volver a festejar, un año más, el Día de la Comunidad con conciertos. En esa pedrea esta vez nos tocó Omar Montes, que debe tener un primo en Mayorga. Su música no me va, pero reconozco que me hizo gracia aquella vez que le explicó a la Lomana que las cuentas se las lleva un tratante de ganado.
Además, por si no lo saben, el tío está compinchado con el algoritmo. Cada vez que entro en ‘YouTube’ me salta un vídeo que uso como refugio cuando el síndrome del impostor llama a la puerta. Se llama ‘Alocao versión sinfónica’ y es un fragmento de un programa de Antena 3. Son tres minutos y once segundos de pura ambrosía. Omar Montes va vestido como un tenor, intenta cantar como un tenor y mueve la mano con más miedo que vergüenza. El director le va guiando con la mirada, creyendo en él más que él mismo. Todo en el vídeo es hipnótico: violines impecables sostienen una letra que insiste en hacer de todo «en tu casa, en la mía o en el hotel».
No es una propuesta habitual en un matrimonio que roza las cuatro décadas. En este aniversario me temo que no habrá ni insignia, ni comida, ni palmadita en la espalda. La fidelidad sin premio también es parte del paisaje.