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Galaxia caballitos

04/01/2026
 Actualizado a 04/01/2026
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No es que los caballitos sean un estado de la mente, es que cuando uno está en los caballitos no hay mente, porque aquella se materializa por definición en su actividad y en los caballitos no hay trabajo mental posible. La intensidad que despiden esas luces siderales ensombrece todo lo que hay fuera de su alcance, creando la sensación de estar en el centro de una minigalaxia abandonada en medio del negro universo. Por su parte, lo atronador de las bocinas y grabaciones satura el pensamiento del todo, aislando en solipsismo a la criatura. Solo estás allí y no haces más que estar allí ¡¡¡con los más modernos sistemas de seguridad, tirurírurí!!!!

Es muy difícil, aunque posible, la adaptación a ese medio y la consecuente recuperación de facultades operativas, a pesar de la oleada de estímulos. La prueba de la real resiliencia humana la aporta el brujo bueno que capitanea una de las atracciones de Botines. Rumiando bajo barba de truhán bolas de dulce a las que quita el palo como el que arranca una cerilla, resiste las heladas mejor que los abetos más robustos del Cid y trata a los niños con una delicadeza que ya nos gustaría gastar a los saturados padres. Somos los padres, de hecho, lo peor de toda la galaxia caballitos, y lo demostramos peleándonos por montar a los hastiados niñotones. Se llevan la palma los coches de choque en cuanto a atracción envilecedora, que ni el fútbol de categorías infantiles depara más mezquindades. 

En León, el circuito subvencionado de caballitos a un pavo (a cinco andan en capitalitas y capitalonas de fuera) es otro éxito navideño que está desplazando al de la magia. Pero pasarnos de frenada subvencionando también las fichas de adultones con morriña del saltamontes de San Marcos igual es descarrilar como solo se le debería permitir a la atracción del dragón de San Francisco. Es broma.

La estampa más turbadora que se puede observar en la galaxia caballitos tiene que ver también con el aislamiento, o la soledad si prefieren. Es la que revelan los niños más pequeños, una vez instalados en la montura escogida, cuyos ojos reflejan no conocer, entender poco y quizá tampoco gustar lo que ven o el futuro. Y no es broma. 

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