06/08/2026
 Actualizado a 06/08/2026
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Por lo visto, soy un gafe. Estos días pasados el fuego incontrolado e inmisericorde hizo arder mi paraíso de la ribera del Porma, los Arribes del Duero y una gran parte del Valle del Tiétar. Los que me seguís, supongo que leísteis, esta primavera, los dos artículos en los que os hablaba de ambos lugares, que, como os conté, poseen algunos de los parajes más hermosos de la comunidad artificial dónde vivimos. Si a estos añadimos el Bierzo, mi refugio espiritual de cabecera, que se prende un año sí y otro también, llegaréis a la misma conclusión que yo: soy un gafe de manual.

A partir de hoy intentaré, cuando no sepa de que escribir o cuando la actualidad me agobie más de lo habitual (casi siempre), contaros cosas de los campos de secano sin un árbol en kilómetros y kilómetros de Valladolid o de Palencia, de los engañabobos burgaleses que venden como maravillas de la naturaleza unas hoces que no merecen la pena o de una cueva que, al lado de la de Valporquero es un quiero y no puedo; los de Burgos, por lo visto, son como los asturianos: grandones que piensan que lo suyo es lo mejor, lo más guay del mundo mundial y parte del extranjero..., cuando, claramente, no lo es.

A pesar de esta traba en el carácter, a veces los tengo envidia, porque nosotros, los leoneses, parece como si pidiéramos perdón por lo que nos tocó en el reparto de las maravillas naturales, porque no queremos, o no podemos, valorarlas en su medida, que resulta mucho más amplia. El mejor ejemplo de esta tara genética que nos ataca es mi madre: este año, la comisión de fiestas la invitó a dar el pregón de las fiestas de Santiago, como representante de los viejos del pueblo (que, como supondréis, son mayoría). Como Julio César, «llegó, vio y venció». Leyó sin trabarse ni una sola vez, entonando cuando era menester y haciendo las pausas necesarias. Todo el pueblo la felicitó y el vídeo del pregón se hizo viral; pues ella, en vez de enorgullecerse, de sentirse satisfecha, lleva desde entonces en un sin vivir, como pidiendo perdón a cada instante por haberlo hecho bien..., a los noventa y pico tacos. Así somos, para nuestra desgracia, los leoneses y los zamoranos...; sí, también los zamoranos que son nuestros hermanos en lo geográfico y en lo afectivo, y que, como nosotros, nunca han sabido valorar lo hermosa que es su tierra y su gente.

Esta semana nos ha dejado Jesús Llamazares a los noventa y cinco años. Jesús, en su juventud, fue un emprendedor, un visionario que, de haber nacido en esta época, hasta saldría en los telediarios. Él compró el primer tractor de la zona y se hartó a trabajar, para sí y a jornal para los demás; también fue el primero en sembrar maíz de una comarca que hoy parece, talmente, Kansas o Misuri. Y lo más gordo: cuándo todo el mundo empezó a comprar coches, Renault, Citroën o Seat, él adquirió un Mercedes de segunda mano de los que usaba Hitler; el coche, rojo intenso, llamaba la atención, hasta tal punto que, cuándo lo conducía su hijo Chuchi por Ordoño, nos aplaudían. Jesús, en sus últimos años, vivía en la residencia municipal sita en las antiguas escuelas del pueblo, entre el cuartel y el bar, y uno barrunta que era feliz, mayormente porque no tuvo que abandonar su tierra, sus raíces. Esta residencia es, hoy en día, como la aldea gala de Asterix, resistiendo las privatizaciones de la Junta y a los anhelos de los partidos de extrema derecha que pululan por el panorama político municipal, regional y nacional, que no soportan que una institución dé pérdidas, como si todo en esta vida se tuviese que medir en dinero y no en prestaciones.

Uno, que no vota como sabéis, anda pensando en romper este dique, aunque le cueste un riñón, sólo para impedir que estos cantamañanas no la preparen si es el caso de que toquen poder. Porque esta residencia es un lujo medieval, de esos que sólo tocaban los ricos y los curas. Jesús, además, era un perfecto caballero, de esos que si le regalabas uno te devolvían cien, con lo que llegas a la conclusión de que las buenas personas nacen y no se hacen. Espéranos, amigo, en el cielo, aunque no te pases cortando el césped, regando las flores o preparando la comida; no les quites el trabajo a los ángeles.

Salud y anarquía.

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