Siempre he preferido el fútbol de selecciones al de clubes. Salvo, quizá, la séptima Copa de Europa del Real Madrid, ninguna competición de clubes me ha hecho sentir una emoción comparable a la de aquellas en las que participa la Selección Nacional. No sólo no suelo perderme ningún partido que juegue España, sino que además me uniformo y siempre los comparto con los mismos amigos, ahora cincuentones, con los que llevo viéndolos desde la adolescencia.
Durante la espectacular semifinal que acabamos de jugar con Francia pensaba en que muchos de los telespectadores que nos acompañaban en el bar ni siquiera tenían edad de enterarse de algo cuando España ganó su primer Mundial, sencillamente porque, como Lamine Yamal, carecían de uso de razón en aquel 2010.
Los de la generación de Naranjito, los que ya nos ilusionábamos con el equipo de Arconada, Camacho, Gordillo, Alexanko, Juanito, Santillana o Quini, tuvimos que esperar hasta casi los 40 para ver algo así, y poco menos para disfrutar de la victoria en una Eurocopa, oyendo entre tanto hablar a nuestros padres de aquella final contra Rusia de 1964 y del gol de Marcelino. Un largo camino lleno de recuerdos frustrantes, como el clamoroso penalti de Tassotti a Luis Enrique que fue clave en nuestra eliminación en 1994 -como olvidar la foto del gijonés clamando al árbitro mientras sangraba por nariz-, o el robo frente a Corea ante la desesperación del sudoroso Camacho en 2002, entre otros tantos.
Ahora, en esta época de clubes todopoderosos con presupuestos inimaginables, de fichajes multimillonarios y estrellas de merchandisig, observo que, como ha sido siempre, nada enciende a las aficiones, ni motiva y emociona a los futbolistas, como un Mundial de Naciones.
Y en este contexto, la Selección Española ha demostrado mucho más de lo que cabía esperar. El equipo de Luis de la Fuente, alejado de las individualidades de otras selecciones, pero en el que muchos jugadores han brillado como no lo hacen en sus clubes, no sólo ha dado una lección de fútbol, sino también de clase y de humildad, y se ha ganado la simpatía del mundo entero.
Pase lo que pase mañana, España ya reina en el fútbol, y podemos decir con orgullo que no existe ningún equipo como aquel cuya afición somos todos.
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