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Funeral descafeinado

27/01/2026
 Actualizado a 27/01/2026
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Varios medios de comunicación han publicado la fotografía y detalles de algunas de las víctimas del trágico accidente ferroviario. Impresiona. No es lo mismo oír hablar de números que tener presente a rostros y a familias concretas. Todo es cuestión de ponernos en su lugar, como si nos hubiera ocurrido a nosotros, a los nuestros. Entendemos la angustia que están padeciendo. En realidad, en estas circunstancias, a veces es más elocuente la cercanía y el silencio que las palabras. Ahora parece que se está prestando más atención a las causas y circunstancias del accidente, a las responsabilidades, que a las víctimas. Pero el saber la verdad también es importante.

Independientemente de este caso concreto y de la fatalidad de que se encontraran en ese mismo instante dos trenes, todo indica que la gestión de los ferrocarriles en estos últimos años es desastrosa. Por supuesto, se está poniendo de relieve la hipocresía de aquellos que siempre han aprovechado las catástrofes de todo tipo para ensañarse contra quienes gobernaban en esos momentos, aunque no tuvieran culpa, y ahora que gobiernan ellos han cambiado de criterio. 

Antes o después, todos tenemos que morir algún día. Los creyentes sabemos que la muerte no tiene la última palabra, sino que es la puerta que se abre a la vida eterna. Si no fuera así, habría que reconocer que esos seres queridos que han muerto se han perdido para siempre. La fe no es incompatible con el profundo dolor y con tener que pasar un difícil duelo. En realidad, el problema no es para los que se han ido, sino para los que se quedan. Si los que se han ido pudieran hablarnos, nos dirían que no nos preocupemos por ellos, a no ser que necesiten de nuestras oraciones para superar la necesaria purificación antes de gozar plenamente del cielo. Y eso los cristianos lo manifestamos de una manera muy expresiva en la celebración de los funerales, especialmente con la Eucaristía. De ahí que no entendemos muy bien eso de los funerales laicos, más bien laicistas, descafeinados, que dan a entender que la vida no  merece la pena, pues todo termina con la muerte, de manera que aquellas personas que trataron de hacer el bien, no podrán tener ninguna recompensa.

En medio del dolor esta desgracia ha puesto en evidencia que hay muchas personas buenas, solidarias hasta el heroísmo, que aman sinceramente a los demás. Ellas, y las que han muerto y que también dieron mucho amor, nos permiten entender que el amor es más fuerte que la muerte. 
 

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