Descansen en paz los fallecidos en el accidente ferroviario de Adamuz. Haga la Justicia su trabajo esclareciendo hechos y depurando responsabilidades si las hubiere, por sus familias y por el resto del país. Sin tener, o sí, que ver con el accidente fatal, la ocasión se presta a la incisión, con ánimo de sacar la pus, sobre una condición muy recurrente entre personal de cierto nivel profesional de cualquier sector operativo, la cual hay que tipificar, subrayar y castigar para que se vaya dejando aparcada hasta ser desterrada de nuestra idiosincrasia o del que la tenga mezquinamente. Se trata de la tendencia habitual del cuadro medio, bajo ejecutivo, a tapar los problemas. Todo, parece, por la ambición de medrar. Es un verdadero mal de aquellos ámbitos de acción. Ese ejecutivo al que le llega la información sobre incidencias y la silencia. Porque quiere ponerle las cosas fáciles a su superior para a su vez tener él oportunidad de ascender un poco más y, dado que el sistema castiga enfrentar los problemas, calla. Normalmente aguanta la presión por debajo con tragaderas pero puede llegar a amenazar con represalias por exceso de quejas.
¿Dónde está la dignidad de estos personajes? ¿Es lógico que se comporten así? Quizá hayan sufrido un condicionamiento psicológico que les capacita u obliga a ese comportamiento negligente mal pagado y no agradecido. Sabemos que los altos ejecutivos tienen pulso firme a la hora de mandar a la hoguera, despedir, purgar a cantidades enormes de personal. Por ello les pagan salvajadas obscenas o se les confirma en puestos de poder tan brutal que su ambición desmedida se ve saciada y la sociedad lo sabe. Pero al proceder ocultista de los responsables intermedios no se le ve una relación rentable de daño causado/beneficio reportado. Cobrar tres veces el SMI sin dignidad no es gran bicoca si la omisión de responsabilidad causa gran dolor humano. El personaje opuesto a ese ser servil y arrastrado es la mosca cojonera que pone veinticinco quejas de seguridad en la línea Madrid-Barcelona en nada de tiempo. Ese perfil consecuente sabe que hay que dejar las denuncias por escrito, que es importante notificar, que lo que no se registra no existe. Los controladores aéreos, tan bien remunerados ellos y tan poco dispuestos a servir a intereses superiores, lo llevan haciendo décadas. ¿Por qué? Porque saben que son los que están delante del problema, como ellos y tantos otros, los que lo van a tener que enfrentar cuando se tinte de color tragedia.
En la historia reciente de España tenemos casos gravísimos de ese silencio mortal, con decenas de víctimas. Hay pocas cosas que nos debiliten más como sociedad que esa especie de omertá operativa, esa política, ese callar, ese no saber decir que no, ese colaboracionismo. Fuera con él.