en las láminas suntuosas
de Botticelli
ni en las soflamas clericales
que oíamos de niños,
sino en las cárcavas,
los abedules,
las retamas vibrando
con lumbres de muerte
ante los ojos atónitos
del Sol.
Y el fuego,
mientras tanto,
ennegreciendo voraz
nuestras almas.
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