Fuego de periferia

28/07/2026
 Actualizado a 28/07/2026
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El fuego vuelve a llamar a las puertas del Bierzo. Y uno ya no sabe si lo hace porque no entiende el «no» o porque cree, a fuerza de repetir, que siempre será bien recibido. Lleva dos veranos tocando a la misma puerta. Toc, toc. A veces llega vestido de rayo. Otras, de negligencia. Otras, de un accidente que alguien bautizará con palabras burocráticas para que parezca menos tragedia. Pero siempre entra igual: sin pedir permiso. Tiene la mala costumbre de dejar tras de sí una baba anaranjada que devora montes cultivados durante siglos por la paciencia de la naturaleza. Donde antes había sombra, ahora queda carbón. Donde había silencio, sólo queda ese olor que tarda meses en marcharse y años en olvidarse.

Esta semana le tocó el turno a Castropodame. Volvimos a ver vecinos saliendo de casa con una bolsa improvisada, mirando hacia atrás como quien no sabe si volverá a encontrar su pueblo igual. Lo saben, sí. Las llamas llegaron hasta la puerta. Y otra vez el monte hizo de escudo antes que de paisaje. El fuego nos conoce demasiado bien. Sabe por dónde entrar, cuándo soplar y cuándo esperar. Nos tiene tomada la medida. En cuanto el verano dibuja su maldita ecuación del 30-30-30 —más de treinta grados, viento por encima de treinta kilómetros por hora y humedad por debajo del treinta por ciento— empieza la cuenta atrás. Nunca falla.

Lo que sí falla es la memoria. Porque cuando el incendio prende en Madrid, el Gobierno comparece, los ministros se desplazan, las cámaras enfocan y el país entero contiene la respiración. Cuando arde El Bierzo, lloramos en casa.

No es una competición del dolor. Tampoco una reclamación de privilegios. Es simplemente la constatación de que el mapa emocional de este país no siempre coincide con el geográfico. Hay fuegos que parecen nacionales y otros que se quedan confinados en la sección de sucesos. Y, sin embargo, aquí también se pierde patrimonio. Aquí también se evacúan pueblos. Aquí también quedan montes desnudos que mañana serán riadas, desprendimientos y cicatrices. Aquí también hay familias que miran el horizonte esperando que el viento cambie de dirección. Da la sensación de que el código postal también pesa cuando arde un bosque. Que algunas llamas tienen más eco que otras. Que la solidaridad institucional disminuye a medida que uno se aleja de la M-30. Después llega el agradecimiento. Siempre. A quienes se juegan la vida entre humo, calor y ceniza. Ellos nunca preguntan dónde está el incendio antes de acudir. No distinguen entre primera y tercera división. Van. Y gracias a ellos hoy seguimos contando pueblos salvados en lugar de asesinados. Los demás seguiremos respirando ese humo que no sólo nubla el cielo. Quizá el fuego no entienda de política o viceversa o que la ceguera del humo dé por buena una gestión que repite respaldo cada cuatro años. Está la cosa para aplausos sí.

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