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Qué fue de la bonanza del verano

03/08/2026
 Actualizado a 03/08/2026
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Tal vez sea el sueño de la infancia, pero recuerdo agosto como un mes dulce y eterno, un mes que se parecía al lomo de un gato. Tal vez sólo sea un sueño, una nostalgia vana, porque, en verdad, no es cierto que cualquier tiempo pasado haya sido mejor. Pero, en esa patria de los pocos años, agosto se presentaba como un tiempo que no tenía fin, como una sucesión de alegrías, como un canto a la libertad. Los días eran sábanas al viento en los tendales, confundidas con el azul, aunque sin duda preferíamos las noches. Las noches estaban poseídas por un encantamiento eléctrico, por la humedad que intentaba abrirse camino a duras penas, por el sonido de los seres que despertaban a la vida. Salir al patio, a la plaza, a la puerta de la casa, a las escaleras que daban al jardín. No hay mayor placer que carecer de las limitaciones del tiempo. No hay mayor placer que destruir la dictadura de los horarios. La infancia termina cuando el reloj se adueña de nosotros. 

Pero, en realidad, agosto no sólo era el paraíso de la infancia (todo el verano lo era), sino que, sobre todo en el sur de Europa, ha servido de gran paréntesis para una gran parte de la población (lo de las vacaciones, entendidas como un viaje, como un desplazamiento duradero, es una cosa moderna). Agosto ha funcionado siempre como un tiempo detenido y maravillosamente vacío. Y eso se ha terminado. La aceleración del presente no puede permitirse un mes tendido al sol. Un mes adormecido. No hay tregua en ninguna parte, no hay posibilidad de detenerse. La bonanza del verano desaparece. El estrés ya no conoce interrupciones. Habría que desenchufarlo todo, aislarse en una rara burbuja, para evitar que las alarmas y los muchos males nos asedien, pero me temo que somos ya consumidores compulsivos de la angustia, devoradores del vértigo, adictos a la urgencia. 

El agosto vacío, quizás no tan mágico como en los días de la infancia, pero enteramente a nuestra disposición, el agosto en el que el mundo desaparecía, y, al menos en España, todo se sumía en una bendita irrelevancia, el mes en el que nada pasaba, salvo el tiempo, el mes de las oficinas cerradas, el de las televisiones huecas, casi sin noticias, el mes de la nada más absoluta, ya no existe. El horror al vacío preside nuestras vidas. Y, sobre todo, el horror al vacío informativo. Aunque nos lleguen noticias terribles, queremos saber. La política se estira sobre la piel del país, sin abandonarnos nunca. Todo el ruido del invierno sique ahí, nadie puede desprenderse de la furia que nos acompaña de modo permanente.

Quizás nos quieren así: en tensión perpetua. Ocupados y asustados por el miedo. Sin un minuto para el silencio. Hay un continuum de realidad tensionada, como pasa con la vivienda, que ya no podemos evitar. Se diría que casi necesitamos ese ruido, que sufríamos si no sintiéramos su eco ahí fuera, como se decía que nos ocurriría si la música celestial, la música de las esferas, dejara de sonar. La alarma es hoy la norma. El ciudadano debe sentirse alarmado. Hay un intento de cultivar con mimo la insatisfacción, como una planta oscura que producirá sus frutos. Existe una política contemporánea que se alimenta precisamente de esa fruta de la insatisfacción, que se afana en que germine la semilla de la discordia. La bonanza del verano ya no existe. Julio ha sido un mes atroz, como hemos visto, y no sabemos cómo será agosto. Ese agosto que hace no muchos años nos parecía vacío e inocente. Ese agosto que esperábamos con los brazos abiertos, deseando que no hubiera nada en su interior, deseando que sólo fuera una cáscara vacía. Que nada nos ofreciera, salvo una tarde bajo los árboles, salvo una noche junto al jardín, o a la puerta de casa, salvo una conversación hermosa, una verbena con los amigos, un baño en el río.

Todo se ha perdido. La intensidad nos mata. No interesa la calma, ni la lentitud, el más maravilloso de los descubrimientos. No interesa que nos detengamos a pensar, que meditemos en exceso sobre lo que nos sucede. No quieren nuestro pensamiento, sólo desean nuestra acción, siempre que les satisfaga. La complejidad ha sido derrotada, porque la complejidad, que alimenta el árbol frondoso de la democracia, necesita tiempo y reflexión. No. Nos invitan a mostrar la insatisfacción, a que aprendamos a digerir esa bola de pelo que nos ha de convertir en seres aleccionados para manejar la realidad sin matices. Nada entre el blanco y el negro. Nada entre el bien y el mal. Lo contrario a una sociedad adulta. Pero la simpleza es siempre una gran derrota. Y así empieza lo malo. Estamos alimentando las sombras.

Pienso en todo esto en las primeras horas de agosto. Desearía aquel vacío de otro tiempo, el silencio del calendario. Aquel agosto español, tan criticado. Desearía que volviéramos en septiembre limpios de todas las capas de odio y de todos los miedos que siembran a nuestro alrededor con aviesa intención. No parece posible. Quizás lleguemos ahítos de desesperanza, porque no son pocos los que se alimentan en aguas revueltas. Yo, que siempre he estado orgulloso del espíritu de Europa, contemplo con tristeza cómo algunos países han respondido de forma egoísta y oportunista al grave problema migratorio que ha surgido en Ceuta. No es momento ahora para analizar este gran ruido del verano, este eco de intereses geoestratégicos: algún día sabremos más sobre estas marejadas planetarias.

Agosto se inicia con el dolor de tantas muertes en esta avalancha que alguien ha propiciado. Y con la decepción que produce la respuesta de algunos países europeos (otros, como António Costa, han estado a la altura). Cuando estamos hablando de la frontera más débil y compleja de la Unión, donde la colaboración es imprescindible, la única frontera con África, y en África. He aquí una muestra de los tiempos difíciles que afrontamos. Una muestra de que en el mundo actual todo está relacionado y todo depende ya de todo. Agosto se inicia con el grito de los desfavorecidos y con palabras necias, como las de Trump, que una vez más aprovechan los malos momentos de otros para hacer política a su favor. Pocas cosas hay más insoportables que hacer política con la desgracia de la gente. Hay una tormenta que se cierne sobre Europa, el último reducto de la democracia. Las sombras existen y son poderosas. Y esa negación de algunos países, ese intento de suspender Schengen, que es un verdadero ejemplo para el mundo, nos debe recordar que es muy difícil ganar la libertad y es muy fácil perderla para siempre. Es verdad que agosto ya no es un mes vacío, un mes inexistente. Ya no hay silencio, ni bonanza, ni la bendita sensación de que todo puede esperar. Quizás la alarma es necesaria.

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