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De fronteras y cigüeñas

15/02/2026
 Actualizado a 15/02/2026
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Hoy quería hablar de cigüeñas y recordar de nuevo la sensación de primavera que producía aquel sonido tan esperado una mañana cualquiera de febrero. Tengo contado que el crotoreo llegado desde lo alto del chopo y el siseo de las bandadas de golondrinas llegando al pueblo, eran los sonidos precursores de una primavera en ciernes, hasta que el estruendoso carromato de Ciriaco el hojalatero, confirmaba que la primavera había llegado oficialmente.

Pero este año las emociones andan revueltas porque la palabra migración, tan bonita si se asocia a esos pájaros planeando sobre el pueblo, ha cogido un regusto amargo si va asociada al humano. Siempre vimos como algo natural los ires y venirles de unos y otros, como parte del equilibrio de los ecosistemas. De la misma forma que veíamos marchar y regresar a las merinas, siempre por motivos de temperatura y en busca de alimentos, como han hecho millones de humanos desde que el mundo es mundo. Supervivencia, se llama.

Ruedan tan rápido las cosas que estaba casi olvidado el horror que sentimos cuando un hombre anaranjado, al que cuesta tomar en serio, habló de utilizar bases militares como centros temporales de detención migratoria. Por aquel entonces, hasta vimos razonable la detención de cualquier persona con antecedentes criminales. Y sonó a locura transitoria la historia de caimanes y cocodrilos rodeando el centro de retención de inmigrantes que, una vez conocidas las cosas, debería llamarse campo de concentración. Tuvieron que ocurrir pequeñas historias para que el mundo se tomara en serio el asunto y la caza furtiva pasara a ser vista porque a veces, lo demasiado grande acaba no viéndose.

Así conocimos a Liam con 5 años en los zapatos, y apellido y gorro de conejo, detenido junto a su padre por unos matones a sueldo armados hasta los dientes, y enviado a un centro de detención en Texas. Qué culpa tendrá él de no haber nacido cigüeña o golondrina para migrar de un país a otro, sin acabar entre rejas como hacen los humanos.

Y conocimos a Yoselin y sus 11 años, cuando era recogida en su casa tras la detención de su madre. Vivimos su angustia por saberse sola y por su madre ausente, que nueve días después, ya liberada, contó su experiencia junto a personas encadenadas, más propia de época de galeras que del siglo en que vivimos.

Estas historias pequeñas y una vista aérea de un centro de detención de inmigrantes han delatado las mentiras del hombre sin escrúpulos. En un patio, personas  de tres colores levantan los brazos para llamar la atención de la cámara y algunos llevan pancartas ilegibles. Los colores de su ropa indican la categoría o historial criminal de cada uno.  Hay personas azules, verdes y rojas. Hay altos y bajos. Mujeres y niños. Familias completas que simplemente emigraron, como  las mariposas monarca, buscando alimento y nido para sus hijos. Pero en este caso, no es el color de la ropa lo que indica su historial criminal porque el color de la piel y su origen es su verdadero delito. Cuesta creer que esta imagen sea actual. Humanos con cadenas en pies y manos por el pecado de cruzar fronteras, en un mundo tan globalizado que ya es casi imposible no cruzarlas, todo está mezclado y es casi cuesta distinguir las etnias surgidas de nuestra migración infinita. 

Hasta la cuartada de la raza le falló cuando Alex  y  Renee Nicole dejaron de serlo. Dos estadounidenses asesinados, provocando manifestaciones multitudinarias en todos los rincones de Estados Unidos, mientras las comunidades latinas viven en estado de pánico, escondidos en sus casas porque se abrió la veda para la caza mayor y menor, de cualquier latino por el simple hecho de serlo. Sin normas, ni leyes, ni derechos humanos. No es caza furtiva, se hace en pleno día y se dispara a bocajarro ante las cámaras. Familias huyendo cuando suena un silbato, anunciando que la jauría se acerca. Y el que dirige la batida, un ser impune, soberbio y loco, llama terroristas domésticos a los avisadores.

Dice una reseña del libro ‘Los de abajo’, de Rodrigo Lastra (que aún no he leído) que la gente más pequeña es la que ha tejido la historia con manos laboriosas y calladas, desde las primitivas comunidades nómadas, pasando por los esclavos, campesinos, artesanos y obreros hasta las luchas de los empobrecidos actualmente. Y que el verdadero poder reside en la silenciosa resistencia de los sencillos, que son los pequeños actos de muchos los que sostienen el destino de todos.

Quizá se refiera a las manos de esos emigrantes, ahora cazados y tratados como animales, que convirtieron Estados Unidos en una gran potencia. Quizá se refiera a historias tan pequeñas como las de Liam y Yoselin o tan grandes como las de Alex y Renée, los voluntarios asesinados cuando patrullaban con un silbato colgado al cuello, para avisar a todo aquel que hubiera migrado, salvo a cigüeñas y golondrinas, de que los cazadores andaban al acecho. Y el hombre que dirige la batida ha sido galardonado esta semana por su trato a los hispanos. Necesitaba decirlo.

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