Dicen que esta canción, alumbrada en los ochenta, en plena guerra fría, e interpretada por un trío de jóvenes residentes en una Alemania escindida, nació a causa del miedo a la bomba atómica «solo estamos mirando a los cielos… ¿vas a tirar la bomba o no? ¿te imaginas cuando se gane esta guerra? Convierte nuestros rostros dorados en sol…».
Hoy, en otro momento de sobredosis de incertidumbre política, se ha convertido en un himno a la nostalgia en un contexto también de guerra a la vejez y de odio virulento a la piel cuarteada.
Le llaman «edadismo», pero no me gusta nada esa palabra. Mi sobrina en una ocasión me dijo: «tía, los ismos muchas veces van asociados a algo nocivo». Y es que el sufijo ismo puede ser muleta de un término que recaba apoyos para despuntar por saberse limitado.
El ‘ismo’ como patología de la palabra. Como si ese vocablo tuviera que subirse a un escalón semántico sufijo para «darse tono». Tal vez le pase a «nacionalismo», la nación te sabe a poco y necesitas afirmarla con furia y fuerza, o al «egoísmo», cuando el yo se nos hace corto y necesitamos amplificarlo en capas superpuestas, «machismo», que nace de una de carencia que pretende dominio, y hasta «feminismo», que ha irrumpido por la histórica privación de derechos que busca equiparación con el sexo opuesto.
Y a propósito de las diferencias entre mujeres y hombres , es un hecho que la nota de corte para medir la vejez irreparable, es distinta en uno y otro. Se lo afeaba el marido psicópata Andrew en la película ‘La asistenta’, a su mujer «Nina, no te has teñido las raíces». Solo un guionista arriesgado hubiera puesto estas palabras en boca de ella.
Afirma el escritor Juan Carlos Pérez Jiménez, autor de ‘La revolución de la edad. El día en que Brad Pitt cumplió 60 años’, que vivimos en un momento de sacralización de la juventud. Una suerte de empoderamiento de la lozanía que viene favorecida por las redes sociales, que muestran cuerpos jóvenes y esbeltos llenos de promesas y posibilidades.
Y mientras tanto, muchos vienen a echarse tierra encima con el uso reiterado de muletillas como «ya se hace uno mayor». O haciendo recuento diario del catálogo de enfermedades y pastillas que te esperan en la mesa de la cocina taladrando los oídos y la paciencia del interlocutor pillado a traición.
Tal vez ese rechazo al paso del tiempo y sus estragos sea más bien miedo a la muerte, o el ansia de inmortalidad. Brad Pitt en la película ‘La Ilíada’, afinaba: «Los dioses envidian a los humanos porque somos mortales y cada momento podría ser el último. Todo es más hermoso porque hay un final».
Aunque ya de elegir un final mejor envueltos en pasión, frescura y lozanía: ‘forever young’.