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El flautista de Hamelín

24/10/2025
 Actualizado a 24/10/2025
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La gente parece haberle declarado la guerra a todo lo que huela a orden establecido. La palabra ‘institución’ provoca alergia, ‘consenso’ suena a trampa y ‘moderación’ a rendición. Da igual si hablamos de política, economía o medios de comunicación. Lo que antes daba seguridad, ahora levanta sospechas. Y en medio de esa crisis de confianza, surgen líderes que saben tocar la flauta del desencanto.

En España ya nos hemos acostumbrado a esa música. Un día apareció un tal Zapatero, con su aire de vecino de escalera y una bolsa de El Corte Inglés, y consiguió que medio PSOE creyera que el cambio estaba en lo más inesperado. Años después, Pedro Sánchez volvió desde la cuneta política prometiendo derribar el sistema desde dentro. 

También hubo un momento en que el 15M parecía una revolución sin dueños. De aquella marea nació Podemos, que se vendió como voz de los de abajo, hasta que sus líderes descubrieron que también existían áticos con vistas. En el centroderecha la historia no es distinta. Pablo Casado se coló en la presidencia del PP contra todo pronóstico, porque representaba precisamente un David contra una Goliat. Y Vox ha sabido vivir de esa misma pulsión. La del ciudadano que no confía en nadie, pero aplaude al que grita más fuerte contra todos.

La partitura es la misma fuera de nuestras fronteras. Desde Trump hasta Milei, pasando por Meloni, la música cambia de acento, pero conserva el mismo compás. El del que promete volarlo todo para empezar de cero. Es el sonido preferido de una sociedad cansada, a la que parece reconfortar la idea de que «si me jodo yo, que se jodan todos» (con perdón).

Y llegamos a León. Aquí también tenemos nuestro flautista. El alcalde JA10 lleva tiempo afinando la melodía del «yo contra el mundo». Contra la Junta, contra la Diputación, contra el Gobierno central, y contra su propio partido. La última nota ha sonado esta semana, cuando denunció no haber sido invitado a la convención socialista nacional que se celebra en su propia ciudad. Mientras los dirigentes del PSOE aseguran haberle cursado la invitación hasta tres veces, él prefiere ponerse en modo víctima y marchar unos días de su ciudad, denunciando el feo de los suyos.

Diez sabe que esa imagen de ‘outsider’ le funciona. En un tiempo en que la rebeldía cotiza más que la gestión, no hay mejor campaña que parecer enfrentado a todos. El problema es que, mientras se pelea con todos, León se queda sin nadie. Sin plan, sin estrategia, sin rumbo. El Ayuntamiento improvisa, la ciudad pierde oportunidades y el debate público se reduce a una colección de broncas, mientras él sigue tocando su flauta, convencido de que cada crítica le refuerza.

El problema de los flautistas no es que toquen mal, sino que siempre conducen a su gente hacia el precipicio. León corre el riesgo de seguir esa música sólo por el placer de desafinar con el resto. Y cuando el hechizo se rompa, cuando se apague la melodía, quizá descubramos que mientras el alcalde tocaba, las oportunidades pasaban de largo.

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