Don Manuel Flaker, Flaker a secas, Manolo o hasta Manolín, que de todas esas formas se deja llamar el buen párroco, estaba exultante y sorprendido desde que Javier Vega le llamó para comunicarle que la Cámara de Comercio le había distinguido como Personaje Singular de la Semana Santa leonesa 2026. No se lo podía creer, y su cara, que para lo bueno y para lo malo es transparente como el agua de bautizar, irradiaba la más sana alegría.
No está habituado don Manuel a ser protagonista de los muchos reconocimientos públicos a los que tiene que asistir. Cuando de notoriedad se trata, más bien suele ser porque algún periodista malintencionado le ha sacado alguna frase de contexto, o porque algún devoto papón –o papona– le ha utilizado para dar bombo a sus reivindicaciones. Flaker se echa esas amarguras a la espalda, que para eso la tiene ancha como aquel que ha tenido en ella el cañón de un arma cuando fue misionero en el Medellín de Pablo Escobar, y mira al cielo.
Ayer, sin embargo, durante el acto que tuvo lugar en la Iglesia del Mercado, no sólo se vio sinceramente reconocido por toda clase de representantes y autoridades de todo signo, sino que además pudo sentir el cariño y el calor de su muy nutrida feligresía, de todos los que llenaban el templo sin tener puesto reservado. Y eso, sin duda, responde más a la realidad que las anécdotas desagradables. Primero porque a Flaker le quiere la gente de León como al mozo del Mercado que fue (de infancia nada fácil, por cierto), desde el parroquiano más pío hasta mi tía Lourdes, que tiene fama de merendar curas. Y también porque, pese a quien pese, Flaker gobierna una parroquia que, en efecto, es la de más rancio abolengo semanasantero de nuestra ciudad, pero también la más activa, viva y juvenil de la diócesis, gracias a haber seguido la senda iniciada por don Enrique, que, como todo el mundo sabe no es senda sino Camino.
El problema de Flaker es que cree en Dios una barbaridad, y eso a veces asusta hasta al clero, y que habla sin tapujos. Incluso el obispo dijo en alguna ocasión que tiende a meterse en jardines, pero es que Jesucristo se pasó la vida metiéndose en ellos, y hasta en huertos de olivos.