Muchos papones están que trinan y no es para menos. Nos han atacado donde más duele, cediendo al salvajismo de esa particular procesión de gritos, meadas en las esquinas y copas en vaso por las calles del Barrio Húmedo por no ser capaces de poner coto a la noche –y ahora también la tarde– más multitudinaria de nuestro León.
No son pocos los hermanos que acusan, con razón, al Ayuntamiento de León y a la Subdelegación del Gobierno de cruzarse de brazos y rendirse desde sus respectivos despachos y coches policiales ante el macrobotellón del Jueves Santo echando por tierra el trabajo de las cofradías, la ilusión de los braceros y la tradición, en definitiva, de la Semana Santa.
Y es que apenas 24 horas antes de la tarde más complicada para las cofradías en términos de organización y seguridad por la celebración simultánea del botellón asociado al –siempre respetable y a la que yo mismo asisto también desde hace unos años– acto cultural de la procesión pagana del Genarín, conocimos que la procesión de la Sagrada Cena se verá obligada a salir media hora antes por el ‘caos’ que vemos año tras año en el casco histórico de la ciudad. Lo conocimos este mismo Miércoles Santo, a través de un comunicado de la propia hermandad, pero la Policía Local de León lo sabía desde, al menos, la reunión mantenida el Lunes Santo con las cofradías afectadas, María, Santa Marta, Gran Poder y Desenclavo.
Y digo «al menos» porque tiene bemoles tomar una decisión así a escasos días de la noche más importante para casi todos los cofrades, cuando es de sobra conocida la situación que se vive cada año, con empujones, broncas y humillaciones a los papones. Y digo «desde la reunión mantenida el Lunes Santo» porque ya hubo reuniones anteriores en las cuales nada de esto se puso sobre la mesa.
La propia Junta Mayor confirmó hace unos días a esta casa que el único compromiso de las cofradías era a «ajustar tiempos e ir más agrupados». Quizá su presidenta no dijo la verdad, pero nadie habló de que iban a obligar a las Marías a acelerar como nunca para llegar en solo una hora a la Catedral, ni mucho menos que se iba a presionar, con la excusa de la seguridad ciudadana, a la junta de gobierno de Santa Marta para adelantar su procesión.
Mientras los responsables políticos y de las fuerzas de seguridad son incapaces de vetar o reducir el botellón ilegal en las calles que son de todos, son las cofradías y los propios agentes a pie de calle también los que sufren las consecuencias del exceso. Pero las cofradías callan, la Junta Mayor otorga, el obispo guarda silencio y en el Ayuntamiento siguen haciéndose fotos sin que haya un solo atisbo de poner freno a una fiesta que están muy lejos de saber controlar, que se está yendo de las manos y que cada vez gana más terreno a nuestras procesiones.
A este paso, al final hacen santo a Genaro Blanco.